El Islam: los límites de la tolerancia

11 enero, 2018 • Artículos, Medio Oriente, Opinión, Portada • Vistas: 2544

National Geographic-James Nachtwey


Álvaro Rodríguez Tirado

Enero 2018

Una de las grandes lecciones de la Ilustración que sigue vigente es la tolerancia que debemos observar para quien piensa de manera distinta a como lo hacemos nosotros. Poco importa si el dictum que se le adscribe a Voltaire, en el sentido de que podría diferir de nuestra opinión, pero estaría dispuesto a defender con su vida nuestro derecho a expresarla, sea en verdad algo que pronunció el autor de Cándido. De lo que no cabe duda es que la tolerancia fue uno de los grandes pilares sobre los que se sostuvo la revolución propuesta por quienes vivieron y dieron brillo al llamado Siglo de las Luces y de la Razón.

En efecto, Baruch Spinoza y John Locke tiempo antes que Voltaire habían pugnado ya por la tolerancia y el respeto a las opiniones del otro. Es cierto que Spinoza fue mucho más allá en su defensa pues, a diferencia de Locke, defendía el respeto y la tolerancia a la libertad de expresión y de pensamiento, sin importar el tema sobre el que versara. Por otro lado, Locke se limitó a exigir la tolerancia únicamente en lo que refiere a la materia religiosa. En otras palabras, el interés de Locke era defender la libertad de culto y garantizar un espacio para la convivencia pacífica de todas las iglesias. Spinoza, en cambio, se interesaba por lo que él llamó libertas philosophandi, o sea, la libertad de pensamiento y palabra, incluido todo lo que se pudiera decir, oralmente o por escrito, en contra de la religión revelada por cualquiera de las iglesias.

Reconociendo el inmenso valor de la tolerancia, así como su estatus de cimiento de las democracias liberales de nuestro tiempo, la pregunta que me interesa contestar en este ensayo es si debemos reconocer que tiene ciertos límites y, en su caso, cuáles son estos. Esta pregunta bien puede considerarse una invitación al desastre, pues intentar poner límites a la tolerancia podría sonar a dogmatismo doctrinario y, consecuentemente, a imposición de verdades absolutas. Lo que está en juego, sin embargo, amerita con creces el ejercicio.

Se calcula que el número de seguidores del Islam en todo el mundo asciende, aproximadamente, a 1200 millones de adeptos. Se trata de una religión monoteísta descendiente de Abraham, al igual que el judaísmo y el cristianismo, cuyo principal axioma, o profesión de fe, es llamada shahada, y se expresa así: “No hay más Dios que Alá, y Mahoma es el último de sus mensajeros”. De entrada, la palabra “Islam” significa sumisión, y su libro sagrado, el Corán, se cree fue dictado a Mahoma por medio del arcángel Gabriel. El Corán consta de 114 azoras, o capítulos, cada uno dividido en versículos, o aleyas y cuenta en su totalidad con 77 000 palabras. A pesar de que la revelación que contiene el Corán se terminó antes de la muerte de Mahoma en 632, la tradición señala que no fue él quien se encargó de recopilar todo el material, sino que fueron sus sucesores, los califas que gobernaron sobre toda la comunidad musulmana de Medina, quienes concluyeron su labor hacia 650.

Se calcula que el número de seguidores del Islam en todo el mundo asciende, aproximadamente, a 1200 millones de adeptos.

Pues bien, hace un par de años, una mujer de nombre Ayaan Hirsi Ali, originaria de Somalia, publicó un libro que lleva como título Heretic. En toda su obra, relata lo que ha sido su vida y su relación con el Islam, iniciándose en su país de origen como musulmana practicante, viviendo posteriormente en La Meca en donde visitaba frecuentemente la Gran Mezquita. De niña, más o menos a la edad de 5 años, y siguiendo la costumbre de su país, vigente hasta hoy, Ayaan fue sometida a la mutilación genital femenina o infibulación. Al pretender comprometerla sus padres en matrimonio con una persona que no era de su agrado, logró escapar y fue a vivir a Holanda en donde obtuvo asilo político y, con el tiempo, llegó a obtener un grado universitario y, eventualmente, a formar parte del parlamento holandés. Al pasar el tiempo, se convirtió en ciudadana estadounidense y, en la actualidad, es miembro de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard. En 2011 contrajo nupcias con el historiador escocés Niall Ferguson.

Durante gran parte de su vida, Ayaan ha luchado por la defensa de los derechos de las mujeres, pero lo que ella considera su “misión sagrada” es contender con esa actitud complaciente de Occidente la cual, en aras de defender lo que se considera un sano relativismo moral, pues proclama un respeto igual a todas las culturas. No importa si, como en el caso del Islam, en la plaza pública de algunos países árabes, todos los viernes, después de las oraciones rituales, se impone la Ley Sharia y se procede a degollar o azotar a las personas acusadas de algún delito, o a imponer el castigo lapidario a mujeres inculpadas de adulterio, o a cortar las manos de quienes se presume culpables de haber cometido un robo.

La historia del Islam, como nos la relata Ayaan en su último libro, parte de una división de tres tipos de musulmanes dos de los cuales se aferran en sus creencias a etapas distintas de la vida del profeta Mahoma, etapas que parecerían ser determinantes para contestar la pregunta si el Islam es o no una religión de la paz. Es decir, una religión que promueve y fomenta la paz, en lugar de exhortar a todos sus seguidores a la jihad, el combate o la guerra santa. El problema es que, al igual que todas las religiones y los libros sagrados que constituyen su fundamento, el Corán está también plagado de contradicciones, de manera que, si nos disponemos a hacerlo, encontraremos azoras o capítulos que con toda seguridad podrán servir de fundamento para la interpretación del Islam como una religión de paz, pero con la misma seguridad puede decirse que encontraremos otros en los que podrá apoyarse la interpretación contraria.

Las etapas a las que alude Ayaan son, en una primera instancia, la que corresponde a los años de vida del profeta durante su estancia en La Meca, es decir, los primeros años del Islam en los que Mahoma va de puerta en puerta tratando de convencer a los politeístas de abandonar sus creencias y a los ídolos que veneran. Su propuesta era invitarlos a sumarse a la creencia de que realmente existía un solo Dios, Alá, y que él, Mahoma, era su mensajero. Este relato es, por cierto, muy semejante al de Cristo tratando de convencer a los judíos que él era el hijo de Dios. Después de 10 años, Mahoma y sus seguidores emigraron hacia Medina, y a partir de ahí su misión adquirió una dimensión política. La invitación a los incrédulos a unirse a Alá sigue en pie, sin embargo, ahora se les ataca si se resisten a hacerlo. Si eran vencidos, se les daba una opción: convertirse o morir.

Ayaan propone distinguir a los musulmanes, como hemos dicho, en tres grupos, dos de los cuales corresponden a estas etapas de la vida del profeta que acabamos de describir. Para ella, los últimos que describimos, los musulmanes que encuentran su inspiración en las conquistas del profeta en Medina, son en realidad, los más problemáticos, los fundamentalistas, aquellos que conciben un régimen basado en la sharia, la ley religiosa del Islam, y quienes promueven un Islam lo más cercano posible a su versión original del siglo VII. Su misión fundamental es la de imponer esta visión del mundo y del Islam al resto del planeta. Siguiendo a Ayaan, llamaremos a estos musulmanes, los musulmanes de Medina.

Quienes enfatizan la etapa de Mahoma en La Meca, son musulmanes leales al núcleo del Islam y practicantes devotos de su religión, sin inclinarse en lo absoluto hacia la violencia. De nueva cuenta, siguiendo a Ayaan, llamaremos a estos musulmanes de La Meca. Al igual que los cristianos devotos y los judíos que atienden sus servicios religiosos y siguen las reglas de manera más o menos estricta por lo que se refiere a su vestuario y comida, los musulmanes de La Meca se enfocan en la observancia religiosa. No obstante, aquellos musulmanes de La Meca que viven en países de Occidente y que constituyen una minoría religiosa, padecen de lo que se conoce como un estado de disonancia cognitiva, o sea, un estado incómodo en el que abundan pensamientos, creencias o actitudes inconsistentes, fundamentalmente con respecto a decisiones sobre el comportamiento, o a un cambio de actitudes. En efecto, en psicología, la disonancia cognitiva se entiende como aquel estado de malestar o de incomodidad que experimenta una persona que, simultáneamente, da cabida en su mente a dos o más ideas, creencias o valores contradictorios.

El tercer grupo de musulmanes, al cual pertenece Ayaan, lo constituyen quienes han decidido disentir del Islam y promover su reforma, de ahí que Ayaan los denomine los musulmanes reformistas. A ellos les dedica el apéndice de su último libro en donde, con nombre propio, Ayaan les agradece y exhorta a continuar sus trabajos, sea que estos se lleven a cabo en algún país de Occidente, o en cualquier otro país del mundo islámico.

Al final del día, la propia Ayaan abandonó por completo el Islam, rechazó que Dios fuese el autor del Corán y que Mahoma fuese su guía. Negó también que hubiera vida después de la muerte, y la creencia que Dios creó al hombre y no viceversa. A Ayaan le tocó vivir los infames sucesos del 11 de septiembre de 2001, pero no fue la escalofriante experiencia del ataque aéreo a las Torres Gemelas de Nueva York lo que la llevó a abandonar el Islam: “La causa más profunda de mi crisis de fe fue el haber estado expuesta, con anterioridad al 2001, a los fundamentos del pensamiento occidental que valoran y cultivan el pensamiento crítico”.

La sorpresa que se llevó Ayaan ante este desenlace de su fe religiosa, no fue que los musulmanes de Medina la condenaran y esperaran que recibiese el castigo “apropiado” por abandonar la fe, léase, la muerte. Lo que más la sorprendió, dejándola por completo abatida y pasmada, fue que sus colegas occidentales no aplicaran a la fe de su cuna, o sea, al Islam, uno de los principios torales de los logros del liberalismo occidental, el ejercicio del pensamiento crítico sobre cualquier sistema de creencias.

Lo que he llamado aquí, de manera un tanto laxa, liberalismo occidental, es el producto del siglo XVII, de la revolución científica, la Ilustración, de la Revolución estadounidense y la francesa, de la Revolución Industrial y, en fin, de los grandes procesos transformadores que nos dieron la modernidad y que emanciparon la conciencia del hombre del yugo de la tradición y la autoridad religiosa, con todo y sus dogmas y jerarquías. Como dijimos al inicio de este ensayo, la tolerancia fue también uno de los grandes logros asociados a estos cambios, sea que la consideremos en el sentido limitado que propone Locke — la tolerancia a la libertad de culto—o ya sea que la entendamos en el sentido más amplio auspiciado por Spinoza: la tolerancia a la libertad de pensamiento y palabra sobre cualquier asunto sujeto a consideración.

En cualquier caso, fue el respeto a la tolerancia, y a una peculiar manera de entender este concepto según la cual su aplicación es absoluta y totalmente irrestricta. Es decir, no reconoce la existencia de límites de ninguna índole en su aplicación. Esto llevó a los colegas occidentales de Ayaan a resignarse y aceptar cualquier comportamiento o mandato que surgiera de la cultura del Islam, sea que esta provenga de la interpretación del Corán preferida por los musulmanes de La Meca, o, con mayor probabilidad, del ejercicio hermenéutico predilecto de los musulmanes de Medina que privilegia la aplicación de la Ley Sharia. Como escribe Maajid Nawaz: “Mientras que ellos cuestionan, correctamente, cualquier aspecto de su propia cultura occidental en nombre del progreso, descalifican a los musulmanes liberales que intentan hacer lo mismo con el Islam, y se ponen de lado de cualquier reaccionario regresivo en nombre de la “autenticidad cultural” y el anticolonialismo”.

Si no reconocemos que la tolerancia deja de ser efectiva y obligatoria ante la intolerancia del otro, habremos perdido la batalla en la guerra cultural.

Pero ¿no debemos poner límites a la tolerancia? ¿Debemos aceptar la normatividad de cualquier cultura simplemente por el hecho que responde a hábitos, costumbres y formas de ser ancestrales, a pesar de que resulten ofensivos a nuestras tradiciones y valores? ¿Somos nosotros, en Occidente, quienes debemos amoldarnos a la sensibilidad de los musulmanes? Ante la franca hostilidad de algunos de los valores del Islam a nuestros valores y cosmovisión, ¿no sería más apropiado exigir que el acomodo fuese de allá para acá, es decir, que los musulmanes amoldaran su sensibilidad a la nuestra? El respeto que nos hemos autoimpuesto en Occidente a las exigencias de otras culturas sean estas cuales fueren, han llevado a los países de Europa a tolerar y dar la bienvenida, en sus principales capitales, a predicadores fundamentalistas mientras que todo lo que hacen por temor a ser tachados de islamofobia, o en aras de la pretendida “autenticidad cultural” a que nos referimos arriba, es ver desfilar a millares de jóvenes que inician su radicalización al escuchar, insistentemente, los mensajes y desvaríos de esos chirladores.

Si no establecemos límites a la tolerancia, si no reconocemos que la tolerancia deja de ser efectiva y obligatoria ante la intolerancia del otro, habremos perdido la batalla en la guerra cultural. Este es el mensaje fundamental de Ayaan Hirsi Ali: “No podemos luchar en contra de una ideología únicamente con bombardeos, drones, y asaltos por tierra al enemigo. Necesitamos dar la batalla con ideas más positivas”.

No debemos permitir, en consecuencia, que los musulmanes que viven en países de Occidente, formen enclaves de autogobierno en los que las mujeres y los miembros de las distintas minorías, sean tratados como ciudadanos de segunda y sometidos a procesos y sanciones que pertenecen a la Edad Media. Sí debemos, en su lugar, propiciar una auténtica reforma del Islam, hacer que surja un Spinoza, un Locke y un Voltaire entre sus filas. El primero, nos enseñaría que el Corán es, después de todo, una obra de seres humanos, de hombres de carne y hueso, por sublime que pueda parecernos, y que contiene por tanto una plétora de contradicciones y errores fácticos que en ocasiones empañan algunas verdades penetrantes y trozos de sabiduría que también pueden encontrarse en sus páginas. Locke sería bienvenido para machacar la idea de que existen los “derechos naturales” y que el derecho a la vida, la libertad y a buscar la felicidad, son algunos de ellos y pertenecen todos a un área inviolable de la persona. Por último, daríamos también la bienvenida a un Voltaire, quien se encargaría de enseñarnos a tolerar todo aquello con lo que disentimos, sin por ello permitir que se imponga la intolerancia del otro. La tolerancia, también tiene sus límites.

ÁLVARO RODRIGUEZ TIRADO es licenciado en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y doctor en Filosofía por la Oxford University. Es socio-fundador de la consultoría Asesoría Estrategia Total, y se ha desempeñado como Director General en la Oficina de Coordinación en la Presidencia de la República de México, Director General y Fundador del centro Nacional de las Artes y Ministro de la Embajada de México en Washington. Es autor de La emancipación del espíritu, hacia un humanismo sin teología. Actualmente es consultor independiente. Sígalo en Twitter en @doctoraltirado.

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One Response to El Islam: los límites de la tolerancia

  1. Daniel dice:

    La tolerancia, en su justo medio, es la llave de la convivencia humana.
    En ambos extremos es algo peligrosa.
    La ausencia de tolerancia provoca indefectiblemente sufrimientos y muertes y… el exceso de tolerancia es la madre de la esclavitud. La indiferencia o la complicidad son las actitudes que aseguran la esclavitud.

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