¿El harakiri estadounidense?

11 Mayo, 2017 • Artículos, Norteamérica, Portada • Vistas: 1552

Business Insider

Diego Jiménez Álvarez

Mayo 2017

El 20 de enero de 2017, Estados Unidos invistió a Donald Trump como su presidente número 45, quien fuera un candidato antisistema, con falta de experiencia política y militar, y que llevó a lo largo y ancho de la campaña electoral estadounidense una retórica tanto secesionista como ignominiosa. Su discurso de campaña lo dirigió no solo contra diversos grupos del amplio espectro social estadounidense, sino que también la piedra angular de su apología radicó en el rechazo hacia los asuntos exógenos. Como respuesta, optó por virar hacia lo interno, culpando de los problemas estadounidenses, al elegir como chivos expiatorios, a diversos países.

La principal fortaleza de Estados Unidos ha sido, es y seguirá siendo su diverso abanico social, el cual se ha nutrido mediante los diversos flujos migratorios que ha tenido a lo largo de su historia. A su vez, la inserción y asimilación de los migrantes en el sector laboral estadounidense, sean documentados o indocumentados, es lo que le ha permitido al país generar innovación y bonanza económica. Pero pareciera que esa asimilación aún no se ha completado a totalidad en el sector social, pues todavía existen grupos sociales reacios a asimilar a los migrantes, principalmente, a latinos y musulmanes. Estos dos grupos han sido particularmente degradados por la retórica trumpista, cuando en realidad han aportado inconmensurables bienes materiales e inmateriales al desarrollo y cultura de la humanidad.

En un mundo en donde los asuntos económicos y sociales están a la orden del día y los países compiten por presentarse como los mejores candidatos para atraer inversiones, los tratados o acuerdos de libre comercio son la parafernalia del desarrollo dentro de la economía de libre mercado, y los gobiernos avanzan en políticas que fomenten el respeto y la promoción de los derechos humanos. En un mundo donde la diversa y compleja agenda de temas internacionales pareciera la Hidra de Lerna, la cooperación en todos los sentidos y entre diversos socios, así como el diálogo en distintos foros, es indisoluble para hacerles frente y sacar el mejor provecho de las nuevas oportunidades.

Lo anterior, a primera vista, sería la respuesta más lógica para hacer frente a los retos que se presentan en el anfiteatro internacional. No obstante, en la realidad, la nueva tendencia pareciera totalmente contraria.

La victoria del ahora presidente Donald Trump es significativa por las consecuencias que acarreará la polémica agenda política y comercial que prometió y que ya ha generado fricciones en el plano de las relaciones internacionales. Pero también, porque se suma a un particular grupo de países cuyo número va en aumento y que enarbolan el estandarte en contra de la élite política. Se trata de un nacionalismo que, naturalmente, erosiona el soporte del orden internacional actual y busca reconfigurarlo o, al menos, cambiar las reglas del juego con el afán de conseguir el mayor provecho posible. De hecho, de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el último baluarte liberal es Francia.

Nacionalismos en la historia

La eclosión de los nacionalismos no es un fenómeno inédito, pues hay antecedentes por todas partes del mundo y en distintos periodos históricos. De estos, algunos han sido más benéficos que otros.

Valdría la pena establecer que los nacionalismos benéficos han sido integradores. Esto quiere decir que se logró unificar a una población para hacer frente y luchar contra un enemigo en común, por lo general, externo. Ejemplos históricos hay muchos: las guerras de independencia en América Latina contra los imperios español, francés y portugués; las unificaciones de Italia en 1870 y Alemania en 1871; y la independencia de la India en 1947. También hay ejemplos de nacionalismos que han sobrepasado las fronteras de un Estado con el objetivo de emancipar o unificar su identidad frente a un enemigo, como es el caso del panarabismo tras la nacionalización del Canal de Suez en 1956 o el panafricanismo impulsado por Muamar el Gadafi que derivó en la Unión Africana.

Por otro lado, existen nacionalismos perjudiciales y excluyentes que tienen como principal objetivo la secesión social. Culpan a un grupo racial o minoría étnica de los problemas que afronta en ese momento el país y, posteriormente, le denostan. En casos anteriores se ha optado por la medida más atroz y radical: la limpieza étnica. Por ejemplo, el Holocausto judío realizado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, o el genocidio en Ruanda de 1994 en donde el gobierno hutu masacró a la etnia tutsi.

Contra la élite política y nacionalismo a la vuelta de la esquina

Lo que llama la atención es que en la segunda década del siglo XXI los nacionalismos resurjan como principal línea de acción de candidatos o gobiernos populistas. También es curioso que sean gestionados de diversos modos, pero con un denominador común: regresarle al país su percibido esplendor o grandeza original. El nacionalismo de la actualidad es una política individualista que une para excluir y humillar.

El nacionalismo, al ser utilizado como una retórica agresiva y secesionista por los gobiernos, posa una serie de interrogantes. Por ejemplo, ¿qué implicaciones tendrá en el sistema internacional, desde los puntos de vista bilateral y multilateral, la formación de una fuerte coalición de países con gobiernos populistas que busque de manera simultánea la grandeza de sus respectivos países? Si consideramos que en los últimos años, los países que se vuelcan a esta tendencia son las potencias, ¿cabe pensar que podrían imponer un nuevo orden internacional basado en sus intereses nacionalistas?

Los nacionalismos actuales se han materializado en gobiernos y políticas públicas populistas. Ejemplo de ello es la campaña de 2012 de Xi Jinping en China, denominada Chinese Dream. Mediante la campaña, se pretendía rejuvenecer el nacionalismo chino, haciendo recordar a la población del imperio que alguna vez fue y que, según algunos autores, podría ser una visión antagonista al American Dream. Otro ejemplo es el aparente retorno de la búsqueda por el poder duro que se presenció durante la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014. La acción fue motivada por el nacionalismo ruso y tuvo como objetivo recobrar el papel que le correspondería a Rusia en el concierto de naciones mediante la recuperación de sus zonas de influencia históricas.

De igual manera, Europa es el escenario perfecto para los gobiernos que han vendido el nacionalismo a su población como una panacea para combatir el complejo entramado de problemas que enfrentan en la actualidad. Muchos han remarcado que de continuar esta tendencia, podría estar en riesgo la unidad de la Unión Europea, aunque técnicamente, el nacionalismo siempre ha sido la espada de Damocles del continente. La Unión Europea se consagró para evitar las guerras entre sus miembros a través de la unidad y así lograr el bienestar pero, desafortunadamente, el nacionalismo no le ha permitido avanzar en la consolidación de su proyecto integrador.

El caso más chauvinista hasta el momento ha sido el voto a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea del pasado 23 de junio, quimera del líder del Partido de la Independencia del Reino Unido, Nigel Farage. El brexit se ha considerado un posible precedente histórico de la desintegración europea pero, también, del retorno de gobiernos populistas en distintas partes del mundo.

En 2017, el peligro del populismo y la desintegración europea está más presente que nunca. La amenaza fue particularmente fuerte durante las elecciones presidenciales en Francia. La eventual victoria de Emmanuel Macron sobre Marine Le Pen no debería distraernos del incremento en popularidad nunca antes visto de la candidata ultraderechista, quien llegó a manifestar que Francia debería abandonar la Unión Europea. Países Bajos, en sus comicios del 15 de marzo, se libró apenas de Geert Wilders, candidato islamófobo que también abogó para que su país renunciara a la membresía de la Unión Europea. Alemania, de igual manera, tendrá elecciones federales el 24 de septiembre y, aunque al momento de escribir este ensayo Martin Schulz continúa siendo el favorito, el partido de Alternativa por Alemania continúa representando un riesgo de lo más apremiante, pues desea que Alemania renuncie a la Eurozona.

Pero no todo está perdido: el pasado 12 de febrero en Alemania se eligió como presidente a Frank-Walter Steinmeier, un candidato perteneciente a la élite política que en distintas ocasiones ha expresado su rechazo a la verborrea trumpista. En Austria, mientras tanto, Alexander Van der Bellen, un excandidato proeuropeo fue elegido como presidente.

AFP

¿Por qué crecen adeptos a los gobiernos populistas?

Dentro de la tendencia populista, resulta interesante resaltar que el nacionalismo es el mejor alegato que se puede utilizar para unificar a un número determinado de personas que se encuentran inconformes y quienes se identifican con las singularidades del discurso manejado. Sin embargo, la tendencia va más allá del discurso. Como bien mencionan Miguel Otero y Federico Steinberg del Real Instituto Elcano, la usanza se debe principalmente a una cuestión multifactorial caracterizada por: declive económico, xenofobia, crisis del Estado de bienestar y crisis de la democracia representativa.

Así, el declive económico, que ha sido ocasionado por la mudanza de las empresas de países industrializados hacia países con sueldos más competitivos, ha ocasionado la pérdida de miles de empleos. Mientras tanto, la xenofobia, un problema latente que ha despertado para frenar los grandes flujos migratorios que han tenido lugar en los últimos años, amenaza dentro del colectivo imaginario de la población blanca su elemento cultural de identidad. Al mismo tiempo, la crisis del Estado de bienestar, que actualmente es difícil mantener debido al enorme gasto social y el aumento de la esperanza de vida a un promedio de 80 años, ha generado reticencia en grandes segmentos de la población frente a la eliminación de prestaciones o el aumento de la edad de jubilación, así como frente a la disminución del valor de las pensiones. Finalmente, los factores antes mencionados se conjugan con la crisis de la democracia representativa, generando una pérdida de legitimidad de las élites políticas a los ojos de los ciudadanos que no puede más que empeorar.

¿Mutatis mutandis?

En este mundo convulso y dinámico en el que nos encontramos, donde pareciera que el orden es el desorden, y que se ha caracterizado por la dislocación, deslocalización y distribución del poder, comienzan a apreciarse síntomas de hartazgo y resquebrajamiento del orden internacional. Sin duda, las reglas ya no son las mismas y, lo que es más preocupante aún, los pilares han comenzado a difuminarse.

El mundo es dinámico debido al sempiterno surgimiento de temas en la agenda internacional, como son la ciberseguridad o la resiliencia al cambio climático. Éstos obligan al Estado a reaccionar de manera constante ante las nuevas oportunidades y retos que se presentan. De igual modo, el Estado ha tenido que reaccionar ante la aparición de diversos actores no estatales y la aparición de grupos subversivos que desafían constantemente su monopolio sobre la seguridad. Dentro de esa categoría se encuentran organizaciones de la sociedad civil que influyen en la adopción de nuevas agendas, las empresas que presionan para la adopción de políticas que les beneficien, y los medios de comunicación masiva que ostentan una condición dual. Por un lado, están atentos de la opinión pública y por otro, ejercen presión a los gobiernos al revelar escándalos políticos y propagar en un santiamén información por todo el mundo.

En cuanto a la dislocación y deslocalización, son varios los factores que se gestaron tras la conclusión de la Guerra Fría. En ese momento, el poder estaba articulado en dos superpotencias y, por consiguiente, localizado en las respectivas circunscripciones de éstas: Estados Unidos y Occidente contra la Unión Soviética y el Este.

Tras la conclusión de este conflicto y hasta el momento, el poder se dislocó y ya no es bipolar, sino que se encuentra fragmentado y deslocalizado en todas las regiones del mundo. Hablar de distribución de poder es complicado pues depende de qué tipo de poder se ostente. Así, los países emergentes con mayor poder económico son: Brasil y México en Latinoamérica; Nigeria y Sudáfrica en África; Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos en Medio Oriente; China y Corea del Sur en Asia Pacífico. En cuanto a poder militar, las potencias tradicionales son las que lideran en esta categoría, aunque en 2016 los mayores importadores, según el Stockholm Intenrational Peace Research Institute, fueron Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y la India. Finalmente, en materia de poder cultural, los países más visitados en 2015, según la Organización Mundial del Turismo fueron España, Estados Unidos y Francia.

Frente a este panorama, los Estados que ahora tienen gobiernos antisistema claman su inconformidad. Desean encontrarse fuera de esta cacofonía o sosegar la tendencia para impulsar una nueva agenda que vaya en concordancia con sus intereses. Pretenden lograrlo mediante una negociación que esperen reconfigure las relaciones internacionales y logre moldear el orden internacional conforme a sus intereses. Pocos parecen haberse dado cuenta de que esto llevaría a una dinámica internacional de suma cero.

Podemos esperar que este nuevo reacomodo de fuerzas políticas lleve a un gradual aumento en el número de conflictos comerciales, pero también militares en última instancia. Es posible que nuevos poderes llenen el vacío que los viejos van dejando.

El sistema internacional descansa en valores occidentales. Entre estos, se encuentran la defensa por los derechos humanos, la democracia como forma de organización política y la economía de libre mercado basada en el libre tránsito entre fronteras de bienes, servicios y personas. Se acordó en dichos valores al finalizar la Guerra Fría como la fórmula para maximizar la prosperidad, el desarrollo y el bienestar de los pueblos.

Estados Unidos, concluida la Segunda Guerra Mundial, fue el principal arquitecto, pero Europa occidental también jugó un papel importante en la construcción del orden internacional. Se basó en instituciones de Bretton Woods y la ONU, concebidas conforme a los valores occidentales ya mencionados. Esto ayudó a crear normas jurídicas y modos consensuados para la conducción armoniosa de las relaciones internacionales entre los Estados.

El surgimiento de gobiernos antisistema en países occidentales representa un foco de atención, pues fueron ellos, como ya se mencionó, quienes en décadas anteriores edificaron e impulsaron el actual sistema internacional. Su eje de acción nacionalista se contrapone al orden internacional liberal al grado de erosionarlo. El regreso del proteccionismo económico, el cierre de fronteras al tránsito de migrantes, la degradación a diversas culturas y sectores sociales y el frenesí del discurso nacionalista supone un impasse, si acaso un retroceso ante los avances que se han logrado en temas comerciales, sociales, medioambientales y de desarme.

¿Harakiri estadounidense?

 A pesar del evidente deterioro económico que sufre Estados Unidos, y frente a la rivalidad que vive con China y algunas otras potencias emergentes —por ejemplo con la iniciativa de los BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica) al crear el Nuevo Banco de Desarrollo, una contrapropuesta al sistema de Bretton Woods y que tuvo aceptación incluso por parte de países occidentales como Francia y el Reino Unido, o con la India que ya es la sexta economía—, es un hecho que aún sigue siendo el principal aportador económico que ha mantenido al sistema multilateral. Además, ha mantenido las alianzas militares y la asistencia para el desarrollo con distintos socios.

En el discurso de toma de posesión, el presidente Trump anunció que la asistencia o cooperación para el desarrollo se vería disminuida drásticamente, acción que después se comprobó con la decisión de aumentar el gasto militar por 54 000 millones de dólares en detrimento de la asistencia al desarrollo. De igual forma, el nuevo gobierno estadounidense tiene la intención de reducir en un 40% el financiamiento a las organizaciones internacionales que no cumplan con los intereses trumpistas (como sancionar a Irán y a Corea del Norte; conferirle el estatus de miembro a la Autoridad Nacional Palestina, y apoyar el aborto).

Reducir el presupuesto es una forma de coacción para imponer sus intereses, y no es nueva. En 2011, Estados Unidos no pagó su cuota de 60 millones de dólares en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), al haber aceptado a la Autoridad Palestina como miembro pleno. Sin embargo, la reducción del presupuesto como de su participación en la flora internacional sería totalmente contraproducente para el interés nacional estadounidense, el cual no se puede concebir sin este conjunto de valores universales propagados desde 1945, como la fórmula para la paz y prosperidad de todos los países.

Asimismo, frente a este complejo panorama, las alianzas son la llave para sortear las dificultades. Ejemplo de ello es la condición básica que representa una alianza para que funcione un convenio como el ahora enterrado Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP), que pretendía contener a China comercialmente con el apoyo de varios socios al establecer estándares más altos y consensuados.

Lacerar las relaciones con socios vitales representaría un fuerte golpe, incluso supondría hasta la derrota para Estados Unidos, sobre todo en este momento en que el presidente Trump desea regresarle la grandeza a su país, pues la realidad es que no es el único mandatario que quiere devolverla a su respectivo Estado. Para lograrlo, es inevitable la competencia para ver qué país es más poderoso —la capacidad para lograr que otro haga lo que el primero quiere— al imponer sus intereses nacionalistas a los demás, y tomar en cuenta la defensa que desarrollarán los países que se sienten cómodos en el orden internacional actual.

En el mismo tenor, para que Trump pueda llevar a cabo sus próximas acciones internacionales, necesitará el apoyo de varios países. Ian Bremmer en su mundo G-Cero establece que “en la actualidad no existe país o grupo que tenga la capacidad política ni económica para establecer una verdadera agenda internacional”. Por su parte, la nueva representante permanente de Estados Unidos ante el Consejo de Seguridad, Nikki Haley, en su primera conferencia de prensa dijo que es el momento para “mostrar nuestra fuerza, mostrar nuestra voz, cubrir la espalda de nuestros socios, y que nuestros socios cubran nuestra espalda”.

REUTERS

Ya existen varios reveses internacionales. Por ejemplo, con México se denostó a su población al etiquetar a los mexicanos que viven en Estados Unidos como violadores. En cuanto a la situación migratoria, la respuesta fue comenzar con las deportaciones sin tomar en cuenta el estatus de sus procesos de legalización, retomar la política del muro —que no sirve, pero se traduce como un rechazo hacia la cultura latinoamericana— y tener la intención de obligar a México para pagarlo, aun cuando es un país clave para Estados Unidos por su cercanía geográfica, su voluntad de trabajar en conjunto, desde un enfoque compartido, ante retos como el narcotráfico y su articulación económica emanada del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el cual le ha conferido un estado de abastecedor de alimentos y piezas manufactureras para las economías sureñas estadounidenses.

Otro revés fue la decisión de vetar la entrada de migrantes provenientes de Irak, Irán, Libia, Siria, Somalia y Yemen, frenado por un juez federal. Les asignó a los árabes un estigma, al catalogarlos como terroristas, sin tomar en cuenta, entre otras cosas, las aportaciones culturales que han hecho a la humanidad.

Las grietas que va dejando Estados Unidos, en un futuro aminorarían la influencia estadounidense, ya que otras potencias como China serán quienes las llenen. No hay que olvidar lo que hizo el presidente Franklin D. Roosevelt al lanzar su política del buen vecino con los países de Latinoamérica. Incluso Disney reflejó esta camaradería con la película The three caballeros. Esta política pretendió suturar las heridas y extender la mano de la amistad por toda Latinoamérica, de tal modo que se estabilizará la situación tras la crisis de 1929 y también para tener aliados frente al ascenso del fascismo en Europa.

El caso de China es el más reciente, pues ha comenzado a coquetear con países que han sido agredidos por el efecto Trump. El embajador de China en México Qiu Xiaoqi manifestó el total apoyo de su país hacia el pueblo mexicano frente a los diferendos previamente mencionados. Sin embargo, diversos autores, entre ellos Bremmer y Joseph Nye, señalan que el principal riesgo de esta reconfiguración internacional, en donde China rebasa a Estados Unidos, es que el país asiático no está interesado en atribuirse las responsabilidades que conllevaría ostentar el liderazgo internacional, y esto se debe a que se encuentra en una zona de confort, pues le ha sacado gran provecho al sistema internacional actual. Por otra parte, Richard Haas establece que independientemente que China sobrepase a Estados Unidos en el tema económico, sería algo fútil, pues esa bonanza económica tendría que ser distribuida ante su gran núcleo poblacional, lo cual mermaría su capacidad para financiar los gastos militares.

Conclusiones

 La situación internacional que estamos observando es amorfa, totalmente única y cautivadora, en términos del estudio de las relaciones internacionales. Debido a que nos encontramos en un periodo en donde no existe una sino varias potencias, algunas estáticas —las clásicas— y otras que emergen para quedarse y quizá reemplacen a las estáticas, en coordinación con una pintoresca agenda internacional.

Ante esta configuración internacional, algunas potencias clásicas están mostrando señales de hartazgo de la actual configuración internacional que alguna vez construyeron y la cual les ha generado inconformidad ante el estancamiento económico, la pauperización social y la merma de peso político internacional. Sin embargo, potencias emergentes también izan esa causa, lo que ha generado la aparición de un grupo de países con gobiernos populistas o en contra de la élite política, que buscan, por medio de conductas nacionalistas negativas como el cierre de fronteras, regresar a la producción interna y expulsar las culturas que consideran minoritarias, como medidas para regresar la bonanza económica y el bienestar social a sus países.

Al utilizar la retórica antes mencionada como una política estatal, devendrán diversas situaciones para que estos países puedan concretarlas, sobre todo en su política exterior, la cual es un reflejo de su política interna. Además, no hay que olvidar que una política internacional es la defensa y promoción de los intereses nacionales de un país frente a los intereses de otros Estados, lo que quizá suscitará dilatadas negociaciones, en defensa o en favor de un cambio. Pero también tendrá lugar una reconfiguración de poderes en el que las potencias emergentes tal vez ocuparán el lugar de algunas potencias clásicas.

El caso de Estados Unidos es de cuidado, al ser aún la potencia económica y militar más grande del mundo y el que, hasta la fecha, sostiene al actual orden internacional y seguramente peleará hasta el final para no perder ese estatus que ostenta. Sin embargo, las políticas del presidente Trump, de corte conservador, han ido en contra de los valores occidentales que después de la Segunda Guerra Mundial expandió y han sido totalmente rechazadas por la sociedad y por las mismas instituciones del gobierno estadounidense, ejerciendo un sistema verdadero de pesos y contrapesos.

Aún es muy pronto para establecer una conjetura sobre si estas políticas serán las necesarias y sobre todo las correctas para devolver la grandeza que predica. Solamente han pasado algunos meses desde que Trump llegó a la presidencia, pero sin duda alguna tornarse hacia lo endógeno mermará totalmente su poder internacional.

DIEGO JIMÉNEZ ÁLVAREZ es licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad del Valle de México y se desempeñó como analista internacional de la Gerencia de Cooperación Internacional de la Comisión Nacional del Agua (Conagua). Sígalo en Twitter en @decnja.

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6 Responses to ¿El harakiri estadounidense?

  1. Ma Eugenia Rguez. dice:

    Te felicito por todo el estudio que tuviste que hacer para esta publicación esta muy completa. En lo personal opinó que a nivel internacional toda la política y políticos han cambiado, no se comprometen con sus congéneres únicamente los mueve un deseo de poder. Sin embargo hay jóvenes que irse ayudar a que el mundo donde nos movemos sea mejor para las generaciones siguientes. Congratulations.

  2. Ma.Dolores Gutierrez dice:

    Felicidades Diego , .excelente articulo

  3. Cecilia Ramos Caro dice:

    Excelente artículo, me gusto el análisis de la política estadounidense.

  4. Raymundo Mayorga dice:

    Excelente análisis de la política del nuevo ejecutivo de los USA, en un contexto mundial que se debate entre las politicas globalizadoras y los populismos nacionalistas europeos y de los USA.

  5. Antonio de la Barrera Fernández dice:

    Muchas felicidades estimado colega por tan buen artículo.

  6. Bernardo Garcia dice:

    Te felicito por este brillante artículo. Sin duda, una exacerbación de males mundiales se precipitará muy pronto si se permite la incursión de los diferentes proteyectos de nación del mundo globalizado en el ambiente xenofobo, ignorante y fundamentslista planteado por el populista Trump. Sin embargo, como tú lo mencionas, Trump es también un “Xieqi” (energía patogena o entropismo) para su sistema: un harakiri gringo. Trump es un promotor de autoantigenos que colapsaran la economía de su propio país ante los ojos de quienes creen que poseerán América por la vía de la intervención bélica, económica y cultural. ¡Es de temer ese cristianismo bélico trumpista de uso exclusivo de anglosajones americanos!!

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