El drama de los cristianos sirios

1 octubre, 2013 • Artículos, Medio Oriente, Portada, Sin categoría • Vistas: 935

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Octubre 2013

Aunque la guerra en Siria no tiene su origen en diferendos entre religiones o sectas, hay indudablemente una dimensión sectaria en este conflicto que ha venido a comprometer la convivencia entre las distintas comunidades religiosas del país. Siria, como muchos países de Medio Oriente, es un mosaico religioso; así lo ha sido desde hace siglos, y si bien hay una mayoría de musulmanes sunitas (aproximadamente 73% de la población), hay importantes comunidades alawitas (11%), cristianas (11%), drusas (3%), chiitas duodecimanos (1%) y pequeños grupos de ismailíes y zaidíes.

La presencia cristiana en el país se remonta a los primeros años del cristianismo. Desde Siria, está fe se extendió a todos los rincones del Mundo. Camino a Damasco, Pablo de Tarso experimentó su célebre conversión a ella. Pese a que el país ha sido sucesivamente ocupado por romanos, bizantinos, árabes, mongoles, otomanos y franceses, los cristianos lograron integrarse plenamente en la sociedad siria, ocupando espacios en los campos de la cultura, el pensamiento político y social, las instituciones; coexistiendo con otras religiones y culturas. Por ejemplo, durante los siglos XIX y XX, los cristianos sirios contribuyeron significativamente a la Nahda o Renacimiento Árabe, elevando las aspiraciones nacionales árabes contra el Imperio Otomano.

Los cristianos sirios constituyen en la actualidad una comunidad muy diversa. Aunque no hay cifras exactas, se estima que de los 2.3 millones de cristianos, la mitad son greco-ortodoxos, seguidos de los greco-católicos o melquitas y los sirio-ortodoxos, también conocidos como jacobitas. El resto son armenios, católicos de varios ritos y pequeñas comunidades de asirios, caldeos, maronitas y protestantes. Tres “patriarcas de Antioquía (en referencia a la ciudad donde se habrían encontrado los apóstoles Pedro y Pablo y donde los discípulos de Cristo recibieron por primera vez el nombre de cristianos) y de todo el Oriente” residen en Damasco: los greco-ortodoxos, herederos de Bizancio en tierra árabe; los greco-católicos, que están en comunión con Roma; y los sirio-ortodoxos, la más mesopotámica de las iglesias cristianas.

Aunque están distribuidos a lo largo y ancho del país, las comunidades cristianas más grandes se sitúan en Damasco y las gubernaturas de Aleppo y Al-Hasakah, zonas que desde el comienzo de la guerra han adquirido un gran valor estratégico, tanto para el Gobierno como para la oposición armada.

Cuando Hafez Al-Assad (padre del actual presidente Bashar) llegó al poder en 1970, su régimen clamó ser el “protector de las minorías”, y al adoptarse el secularismo en 1973, la libertad de cultos permitió a los cristianos vivir su fe en un marco de tolerancia y con muy pocas restricciones, algo poco habitual en Medio Oriente. Sin embargo, desde el inicio del presente conflicto y la conformación de un sector importante de fuerzas rebeldes que aspira instaurar en el país un Estado Islámico regido por la sharia, los cristianos enfrentan un futuro incierto y temen que la posibilidad de seguir practicando su fe en libertad se extinga.

Aunque no puede afirmarse que los cristianos sirios son objeto de una campaña de persecución generalizada por parte de los grupos islamistas y jihadistas, ni que existe una abierta confrontación entre Islam y cristianismo, sí es evidente que la guerra los ha convertido en una minoría vulnerable. Según el Patriarca de la Iglesia Greco-Católica, Gregorio III Lahham, más de 1,000 cristianos han muerto en los combates, 450,000 se han convertido en desplazados internos o refugiados en los países vecinos y más de cuarenta iglesias han sido destruidas. Hace pocas semanas el Mundo contempló el asedio de grupos jihadistas contra el poblado de Ma’loula, posiblemente el símbolo más importante de la presencia cristiana en Siria y que junto a otras aldeas como Jabaadin y Bakhaa, ha resguardado su herencia aramea desde la época de Cristo.

Aunado a lo anterior, religiosos como el sacerdote greco-ortodoxo Basilios Nassar, han sido asesinados por francotiradores del Gobierno, mientras que jesuitas como el padre Paolo Dall’Oglio o el franciscano Francois Murad han sido ejecutados por rebeldes. Adicionalmente, altas autoridades eclesiales como los obispos Paul Yazigi, de la Iglesia greco-ortodoxa y Yohanna Ibrahim de la Iglesia sirio-ortodoxa han sido secuestrados. Ambos eran bien conocidos por su labor humanitaria y su defensa de la convivencia pacífica entre los distintos grupos religiosos del país.

La amenaza de una islamización del país producto de un eventual triunfo de la oposición armada -que según la consultora de defensa IHS Jane’s, está integrada en un 50% por islamistas o jihadistas de línea dura- y la cuestión de quién protegería a los cristianos de Siria después de la caída de Assad, ha llevado a muchos cristianos a apoyar al Gobierno y el estatus quo por miedo. Así, algunas autoridades de las diversas iglesias han asumido posiciones cercanas al gobierno del Baaz (partido de Assad), pues ven en éste, el “mal menor” que, aunque políticamente represivo, al menos ha garantizado la libertad de culto para los cristianos en las últimas décadas. En este sentido, autoridades como el patriarca siriaco-católico Ignatius Ephrem Joseph III Younan, han acusado a las potencias occidentales de “armar a los rebeldes, incitar a la violencia y dañar las relaciones entre sunitas y chiitas”, y otros como el obispo caldeo de Alepo, Antoine Audo, advirtieron sobre la inminencia de una “guerra mundial”, frente a la posibilidad de un ataque militar punitivo de los Estados Unidos que pretendía castigar al régimen por el supuesto uso de armas químicas.

Otros cristianos desconfían del Gobierno y lo acusan de haberlos manipulado a lo largo de los años, alimentando los temores sectarios. Señalan también que incluso antes de la guerra, se venía produciendo un éxodo de cristianos en el país, instigado por las malas condiciones económicas, la cerrada atmósfera intelectual, la falta de democracia y la violación de los derechos humanos. En efecto, la población cristiana en Siria ha venido disminuyendo con el paso del tiempo. Se calcula que en 1945 el porcentajes de cristianos era del 20% de la población, cifra que cae en 1980 al 16.5%, hasta llegar al 11% en nuestros días.

Los cristianos sirios temen que la violencia generalizada y el fanatismo les hagan correr la misma suerte de los cristianos iraquíes, que desde la invasión estadounidense de 2003, han sido blanco de la violencia de grupos fundamentalistas islámicos que han atacado iglesias y barrios cristianos. Como consecuencia de esto, la mitad de los cristianos iraquíes (1.5 millones) han tenido que emigrar del país.

Los casos de Siria, Irak e incluso Egipto, donde los coptos han venido sufriendo un acoso creciente desde la caída de Mubarak, hace pensar a algunos cristianos que existe una amenaza de erradicación, un complot para “borrarlos” de Medio Oriente. Esta es una perspectiva pesimista que sin embargo, es compartida por algunos analistas. Escribiendo para el sitio web de Foreign Affairs (www.foreignaffairs.com) el pasado 13 de septiembre, el profesor Reza Aslan auguraba “ninguna presencia cristiana significativa en Oriente Medio en una o dos generaciones”. Aslan añadió: “Lo que estamos viendo no es más que una limpieza religiosa que pronto llegará a ser un desastre histórico para cristianos y musulmanes por igual.”

Aunque indudablemente son malos tiempos para las comunidades cristianas en la región, no se puede perder de vista que esta es apenas una de las facetas de una ola de intolerancia religiosa -acentuada a partir del inicio de las Revueltas Árabes- que afecta también a otras comunidades, como los chiitas o los sufíes y que se extiende desde Malí hasta Afganistán. Una ola de intolerancia muchas veces azuzada por sectores sunitas salafistas o jihadistas que amenaza no solo la coexistencia religiosa, sino también al patrimonio cultural de Medio Oriente.

SERGIO I. MOYA MENAES es coordinador del Centro de Estudios de Medio Oriente y África del Norte, CEMOAN, y profesor e investigador de las Escuelas de Relaciones Internaciones de la Universidad Nacional y Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica. Ha llevado a cabo labores de investigación en Líbano, Turquía, Irán, Siria, Jordania y Egipto. Puede ser contactado en: cemoan@cemoan.org

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