¿El crepúsculo trágico del “mundo de ayer”?

15 marzo, 2018 • Asuntos globales, FEG Anáhuac, Opinión, Portada • Vistas: 3448

Darrow

Juan Arellanes

Marzo 2018

Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México

La esperanza es el sueño

del hombre despierto.

Aristóteles

The Global Risk Report se publica anualmente desde 2006. En sus trece ediciones, solo en dos ocasiones ha puesto un subtítulo al documento. En 2010, el reporte se subtituló: The long shadow of the financial crisis. En 2018, el subtítulo fue aún más sombrío: Fractures, Fears and Failures. El informe reconoce algo que, con variaciones, se escuchará cada vez con más frecuencia: “El mundo se ha movido a una nueva e inquietante fase geopolítica. […] Ya no hay ninguna suposición de que existan normas e instituciones hacia las cuales puedan converger las principales potencias mundiales”. Por su parte, la Munich Security Conference, en su edición de 2018, manifestó palpablemente que la seguridad internacional regresó a una agenda realista tradicional: los conflictos interestatales y las tensiones, ya sea entre grandes potencias o entre poderes regionales, opacaron a las amenazas globales no convencionales (desde el cambio climático hasta la desigualdad y la pobreza). Las opacaron, pero, lamentablemente, no las desaparecieron.

¿Qué tanto han crecido las tensiones? El Conflict Barometer, publicado anualmente por el Heidelberg Institute for International Conflict Research, informa que, en 2008, se contabilizaron 345 conflictos: 211 conflictos latentes o manifiestos, 95 crisis, 30 crisis severas y 9 guerras. La terminología se transformó, pero es posible hacer una comparación con la situación una década después. En 2017 se contabilizaron 385 conflictos: 75 disputas, 81 crisis no violentas, 187 crisis violentas, 16 guerras limitadas y 20 guerras.

La sintomatología parece clara, pero una descripción de los síntomas no es ningún diagnóstico. Hay un creciente consenso en que el orden internacional liberal está en entredicho. Y es importante destacar que el orden liberal no es la globalización neoliberal de la Posguerra Fría, sino el conjunto de instituciones y normas concebidas después de la Segunda Guerra Mundial, es decir, el orden hegemónico estadounidense. El casi siempre lúcido John Ikenberry, declaró: “el Estado más poderoso del mundo ha comenzado a sabotear el orden que creó”. Yo discrepo: no lo está saboteando. En realidad, ya no tiene la capacidad de mantenerlo.

La Unión Europea no está en condiciones de tomar el relevo. Pese a lo mucho que han crecido, tomando como referencia 1998, China y Rusia no tienen ninguna capacidad de construir un orden internacional alternativo, aun si están intentando ampliar sus áreas de influencia. Estamos en un interregno fastidioso (la maldición de “los tiempos interesantes”) en el que “lo viejo” agoniza lentamente y “lo nuevo” no tiene ninguna prisa por nacer.

La mayoría de los organismos internacionales están severamente desacreditados. Acuerdos internacionales esenciales (no pienso en el Acuerdo de París, que nació muerto, sino en vitales tratados de control de armamentos) están siendo gravemente socavados. Pese a la crisis fiscal generalizada y al desempeño económico más bien mediocre, el gasto en defensa está creciendo en muchas partes del mundo, aunque no tan rápido como las retóricas amenazantes de Arabia Saudita, Corea del Norte, China, Estados Unidos, la India, Irán, Israel, Pakistán y un largo etcétera. En palabras del ya citado Global Risk Report de 2018: “El mundo, al parecer, se está volviendo menos liberal, menos internacional y menos ordenado”.

¿Es esto una desagradable sorpresa que nadie esperaba?

De los incontables libros de Relaciones Internacionales publicados en 2010, deseo rescatar dos que guardan una importante semejanza a pesar de sus múltiples diferencias. Geopolítica de las emociones, de Dominique Moïsi; y Crisis Mundial, encaminados hacia el mundo del mañana, de Frank Biancheri. Mientras que el argumento de Moïsi me parece bastante simple, aunque acertado en lo general (las emociones colectivas a gran escala desempeñarán un importante papel geopolítico), el análisis de Biancheri me parece brillante. Ambos autores se atreven a cerrar sus obras con un pronóstico sobre la década entre 2010 y 2020 a partir de la construcción de dos escenarios. Moïsi construye su escenario optimista sobre la premisa de que dominarán las emociones vinculadas con la esperanza, así como su escenario pesimista apostando por el dominio de las emociones de odio y miedo. Biancheri finca su escenario optimista (que no lo es tanto) apostando por la cooperación entre los principales actores del sistema internacional. A dicho escenario lo llama “el alba dolorosa del ‘mundo del mañana’”. Por el contrario, el escenario pesimista sería el resultado de la competencia entre las potencias globales y regionales, y Biancheri lo llama “el crepúsculo trágico del ‘mundo de ayer’”. Si nos asomamos por la ventana, debemos reconocer que el odio y el miedo tienen en jaque a la esperanza, y, además, la competencia le está metiendo una goleada a la cooperación.

Después de tenerlo guardado por más de 7 años, he desempolvado el libro de Biancheri y he descubierto que tiene un error importante: aunque dice describir un escenario para el periodo entre 2010 y 2020, en realidad está describiendo un escenario para el periodo entre 2015 y 2025, o algo parecido. Pero, fuera de ese “error”, algunos de sus pronósticos realizados en 2010, me han producido escalofríos: “China sigue rechazando una revaluación del yuan”; “Grecia se ve obligada a aplicar un gran plan de austeridad bajo los auspicios del Banco Central Europeo”; “negativa del gobierno estadounidense y de los europeos a aumentar la presión fiscal al 10% más rico”; “Putin nuevamente es elegido presidente de Rusia”; “vuelta a los bloques comerciales y económicos en un contexto de negativa a aplicar las decisiones de la Organización Mundial del Comercio”; “los catalanes se pronuncian unilateralmente a favor de su independencia”; “victorias de líderes nacionalistas en varios países de la Unión Europea”; “los jubilados se manifiestan violentamente debido a la quiebra de fondos de pensión”; “elección de un nuevo presidente estadounidense basado en un programa aislacionista”; “aumento de las matanzas colectivas en Estados Unidos”; “los presupuestos militares están en fuerte crecimiento por todo el mundo” y, finalmente, “Ucrania se convierte en una federación de dos Estados autónomos separados por el río Dniéper”.

No es mi intención hacer creer que Biancheri es un Nostradamus de las Relaciones Internacionales. El método que utiliza es Ciencia Social rigurosa y nada más. Resulta más sorprendente el pronóstico específico realizado por el equipo que lidera Yaneer Bar-Yam del Instituto de Sistemas Complejos de Nueva Inglaterra, que entregó un documento al Departamento de Estado estadounidense alertando que, si no se tomaban inmediatamente medidas drásticas para bajar los precios de los alimentos, se produciría una violencia generalizada en el Norte de África que podría extenderse al Medio Oriente. Sí, utilizando Big Data y nuevas estrategias de cálculo, anticiparon la Primavera Árabe

Pues bien, en los últimos años, diversos grupos científicos han pronosticado que Occidente está muy cerca de entrar en un proceso de colapso. Las numerosas investigaciones, realizadas con el instrumental de la ciencia dura como el utilizado por el equipo de Yaneer Bar-Yam, están sintetizadas en un reciente artículo de New Scientist

No pretendo convencer a nadie de que es posible pronosticar con exactitud el futuro. No lo creo. En cambio, sí creo que hay muchas cosas del futuro que pueden ser (y de hecho son) adecuadamente predichas. Construir escenarios lógicamente congruentes y potencialmente posibles sobre el futuro es una labor constante y esencial del trabajo científico. Señalar que cualquier cosa puede suceder es una mentira, no cualquier cosa puede suceder. Ciertas cosas son posibles, otras no. Pero decir que cualquier cosa puede suceder es, frecuentemente, una forma de evadir un análisis serio sobre las tendencias que nos llevan a un futuro muy distinto al que deseamos. Hay un enorme peligro en rechazar un análisis porque resulte incómodo para nuestras visiones del mundo y nuestras expectativas.

En todo caso, hay una realidad y un desafío ineludibles. Si las Relaciones Internacionales y los estudios de Seguridad Internacional pretenden tener alguna relevancia en las décadas siguientes, deben repensar seriamente la forma en que generan conocimiento. Nos guste o no, hacia 2030 viviremos en un mundo posoccidental, poco o nada eurocéntrico, en el que Estados Unidos no será la potencia hegemónica, en el que muy posiblemente la globalización y el libre comercio se hayan restringido severamente. Claro, ello será posible siempre y cuando las condiciones ambientales del planeta Tierra aún sean aptas para albergar civilizaciones complejas.

En cualquier caso, tanto las Relaciones Internacionales como los estudios de Seguridad Internacional, deben cuestionar seriamente la utilidad del conocimiento que generan. Y, con un poco de suerte y mucha valentía, deben servir de guía para que, sea como sea el mundo que viene, sea siempre la mejor versión que podamos construir colectivamente. Para ello, no sirve de nada el optimismo. Lo que se requiere es construir esperanza, algo de lo que el orden internacional liberal se olvidó hace mucho tiempo.

JUAN ARELLANES ARELLANES es profesor de Geopolítica, coordinador académico del área de Estudios Regionales y coordinador del Centro Anáhuac de Investigación en Relaciones Internacionales de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México, Campus Norte. Es doctorando en Seguridad Internacional por la misma institución. Sígalo en Twitter en @JuanArellanes5.

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One Response to ¿El crepúsculo trágico del “mundo de ayer”?

  1. Juan Arellanes dice:

    Dice: Organización Mundial de la Salud
    Debe decir: Organización Mundial del Comercio
    (El original citado simplemente dice: OMC)

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