Diplomacia israelí sobre estructura étnica supranacional

9 octubre, 2017 • Artículos, Medio Oriente, Norteamérica, Portada • Vistas: 1672

AFP-Stan-Honda

Daniel Kupervaser

Octubre 2017

Con el título del libro de Dan Senor y Saul Singer publicado en 2009, Start-up Nation, se generalizó un calificativo que sin duda describe a Israel. La innovación masiva y el extenso desarrollo práctico de tecnologías modernas aplicadas a todos los frentes de la convivencia humana (algunas veces constructivas, otras destructivas) se convirtieron en la insignia de esta sociedad frente a la comunidad internacional.

Estos aportes de modernidad cubren prácticamente toda la gama de actividades desde comunicaciones, medicina, transporte, agua, energía, administración, armamento, etcétera. Todos ellos muy conocidos y afamados. Sin embargo, la agudeza de pensamiento original que caracteriza a la sociedad israelí logró desarrollar e imponer otra visión muy singular en un insospechado campo: la diplomacia. A esta concepción la denomino: “Diplomacia nacional sobre estructura étnica supranacional”.

El desenlace de la Segunda Guerra Mundial coronó indiscutiblemente a Estados Unidos como la potencia predominante de la era capitalista. David Ben-Gurión, el flamante Primer Ministro del Estado de Israel buscó denodadamente el apoyo estadounidense. Pese a que Estados Unidos aprobó la partición de Palestina en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y fue el primer gobierno que reconoció de facto a Israel como Estado independiente, muy a pesar del nuevo gobierno israelí, Washington denegó dar garantías y suministrar armas a Israel en sus primeros años de vida libre. Durante las 2 primeras décadas desde la creación del Estado judío, las relaciones entre Estados Unidos e Israel  giraron en torno a un Jerusalén que no cesaba de cortejar frente a una clara indiferencia por parte de gobiernos del país del norte.

A sabiendas que el Reino Unido se replegó de la zona, entre otros motivos por la resistencia judía durante su mandato en la región, a los líderes del joven Estado de Israel no les quedó alternativa más que pactar con el gobierno francés, quien se convirtió en aliado estratégico y el principal proveedor de equipamiento bélico. Esta alianza de intereses promovió el operativo conjunto franco-ingles-israelí de 1956 en contra de Egipto denominado la guerra de Sinaí. Como consecuencia de este enfrentamiento, Israel se apoderó de la península de Sinaí con serias aspiraciones de David Ben-Gurion de ser anexado como territorio soberano israelí.

La tajante reacción de Dwight Eisenhower demandando la retirada inmediata de Israel ayudó a Ben-Gurión a convencerse de que Estados Unidos era la primera e indiscutible potencia mundial, y que se debía acatar inmediatamente su orden de repliegue y, para el futuro, esa debería ser la canasta más apropiada en donde habría que poner los huevos. Sobre esa experiencia, retrospectivamente se puede llegar a la conclusión que los responsables de la diplomacia israelí fueron lo suficientemente perspicaces a los efectos de captar dos aspectos claves, y en gran medida revolucionarios, para el futuro de la estrategia diplomática del país.

En primer lugar, una sólida y reconocida alianza estratégica con Estados Unidos no solo representa una garantía de la supervivencia del Estado judío, sino que también se podría convertir en el futuro en una valiosa plataforma de la cual se puedan obtener valiosos usufructos en otros frentes diplomáticos. La manifiesta debilidad de Israel como Estado recién nacido conduce a la necesaria conclusión que las estructuras tradicionales de representaciones diplomáticas, giras de mandatarios, ministros, enviados especiales (permanentes y esporádicos) y demás componentes habituales de las relaciones internacionales, son herramientas claramente obsoletas e incapaces de enfrentar un desafío tan significativo. Es necesario recurrir a medios originales con herramientas inusuales hasta el momento.

Reuters

La combinación de un par de características únicas y especialmente singulares de la demografía del pueblo judío en esos años se constituyó en el determinante de un nuevo y revolucionario modelo de diplomacia nacional. En primer lugar, su concentración geográfica mayoritaria en la diáspora (un 75% a 80% en esos años), con un peso muy significativo justamente en Estados Unidos. En segundo lugar, ciertos componentes de esa diáspora estadounidense lograron acumular una valiosa posición con una importante influencia económica y política que los convertía lentamente en factores de poder ante el gobierno de ese país.

Sobre esta base, a la par de instituciones cuya preocupación se centraba únicamente en los intereses de la colectividad judía en sus interrelaciones en la sociedad estadounidense, nace la nueva diplomacia israelí. A mediados de la década de 1950 se creó el American Zionist Committee for Public Affairs como el lobby del Consejo Sionista Americano con el objetivo de promover intereses sionistas en instancias gubernamentales. Al poco tiempo esta institución asumió vida independiente bajo la denominación AIPAC, el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC). Se trata de ciudadanos judío estadounidenses que presionan por distintos medios a parlamentarios y a funcionarios de su país para promocionar políticas o acciones del gobierno local en beneficio de otro país: Israel.

Esta maniobra se constituyó en el puntapié inicial de una nueva estructura destinada a impulsar intereses israelíes en el exterior. Todo el gran aparato de relaciones exteriores con personal israelí profesional pasó a ser un engranaje más de una gran maquinaria en la que cada día adquieren mayor preponderancia instituciones y personajes judíos que aprovechan el enorme poder de influencia que acumularon los ciudadanos judíos en sus países de residencia como diáspora para interferir en decisiones de autoridades locales con impacto internacional a favor de Israel. Bajo esa estrategia el campo de acción se divide en dos áreas según dos tipos de instituciones.

En el primer campo de acción, y bajo el argumento de la indiscutible identificación con el Estado de Israel, se encuentran las viejas y tradicionales instituciones judías a quienes se les ha agregado funciones destinadas a proteger intereses de colectividades judías locales. La práctica nos demuestra que estos organismos, a la par de dedicarse a sus objetivos originales, ahora en su nuevo cometido, tomaron una nueva iniciativa de impulsar intereses israelíes aprovechando su imagen de sector fuerte.

Por otro lado, no dejaron pasar la oportunidad de dar su opinión y de alguna manera presionar a los gobiernos locales en favor de intereses claramente israelíes. Varias fueron las temáticas en declaraciones y toma pública de posiciones del último tiempo en este tipo de grosera intromisión en defensa de los intereses foráneos en su país de residencia: el conflicto palestino-israelí, el reconocimiento del Estado Palestino, la Resolución 2334 del ONU respecto de la ilegalidad de asentamientos judíos en Cisjordania, las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) tildando a Israel de fuerza ocupante en Jerusalén Oriental y Cisjordania.

En forma paralela, se preocuparon de proyectar la imagen de ser los dueños de las llaves de los pasillos que conducen al poder político y económico de Estados Unidos. Este carácter los convirtió en un imán que atrajo a muchos países, instituciones y personas que por sus proyectos estaban dispuestos a pagar en términos de declaraciones o acciones favorables a Israel como contrapartida de la apertura de influyentes puertas en el gobierno y la élite del poder financiero estadounidense.

La irrefutable demostración de la veracidad de este discutible accionar de Israel como resultado del apoyo de instituciones judías de Estados Unidos proviene de una fuente inesperada. Pilar Rahola, conocida periodista española, prominente admiradora, defensora y vocera no judía de las posiciones de Israel, y también asesora de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, la representación política de la comunidad judía de Argentina, se convirtió en un sólido respaldo. En una entrevista dedicada al proyecto de la independencia de Cataluña sorprendió con la siguiente declaración: “Sería muy interesante y muy bueno que uno de los primeros países que nos reconociera (a Cataluña independiente) fuera Israel. El Motivo es porque Israel es la puerta de entrada a Estados Unidos” ( Nabarralde.com 2013).

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En el segundo campo de esa nueva diplomacia israelí, se ha creado una compleja y enmarañada red de organizaciones con el objetivo específico de activar diversas áreas directamente en favor de Israel. En este aspecto hasta la década de 2000  predominó casi en solitario la imagen de AIPAC, que se constituyó en el factor de poder judío de mayor importancia concentrado en la movilización de políticos y funcionarios estadounidenses para el apoyo de políticas del ala dura y expansionista de Israel. Yoav Karny, el destacado periodista israelí se pregunta “¿El acercamiento de los políticos estadounidenses a AIPAC se debe al dinero judío? La respuesta es no solamente por el dinero, pero absolutamente también por él. El atractivo principal es el poder de los judíos de recolectar dinero a favor de un candidato o partido político” Amir Tibon, otro destacado periodista israelí, expuso el desmesurado y hasta vehemente poder de influencia de AIPAC sobre senadores y congresistas estadounidenses cuando informó respecto a los preparativos de sabotear el acuerdo con Irán propuesto por el expresidente Barack Obama y tan criticado por Benjamin Netanyahu. Así lo detalló: “en AIPAC valoran la posibilidad del uso del arma del día del juicio final: intervenir enérgicamente para lograr la destitución de parlamentarios demócratas que se atrevan a votar en favor del acuerdo. En el pasado, este lobby arremangó las mangas en contra de aquellos catalogados como “antiisraelíes” y varios de ellos perdieron su banca en la década pasada”. En los últimos años le nace un competidor a AIPAC. Comienza el activismo de J-Street, también lobby proisraelí como calco del accionar de AIPAC, aunque apoyando claramente a políticos con visiones transigentes y promotoras de planes de paz con los palestinos. Los significativos logros de AIPAC en la arena política estadounidense abrieron aún más el apetito de ciertos miembros de la colectividad judía dirigido a interceder en el quehacer político interno estadounidense con el propósito de favorecer intereses israelíes.

En el área política se intervino directamente con la creación de agrupaciones judías dentro de los dos partidos tradicionales. Así nacieron el Consejo Nacional Judío Democrático y la Coalición Judía Republicana. Esta última tan conocida por las primarias de Sheldon Adelson, el multimillonario judío involucrado en la política interna de Israel que examina a los candidatos estadounidenses para decidir dónde invertir sus millonarias donaciones para las campañas electorales.

El enorme poder de influencia judío en las campañas electorales para la presidencia de Estados Unidos resalta también en un informe de Gil Troy, profesor judío estadounidense y participe del Programa Ruderman de la Universidad de Haifa en Israel. Allí se señala que en la última elección presidencial el 50% de las donaciones para la campaña electoral del Partido Demócrata se originaron de bolsillos judíos. La candidatura republicana del multimillonario Donald Trump redujo la participación judía en la financiación de su campaña republicana a un 25%. Fue “así como los judíos se convirtieron en un factor que influye en las elecciones presidenciales de EE.UU.” (Ynet, 2016)

Para completar el despliegue de instituciones de ciudadanos judíos de la diáspora que fertilizan el campo de acción en favor de Israel en cada uno de sus países, se crearon una serie de nuevos marcos operativos. En ese aspecto se puede mencionar el Consejo Internacional de Parlamentarios Judíos. Entre sus objetivos, esta institución se compromete a “apoyar a Israel, conduciendo un diálogo en temas políticos entre parlamentarios judíos y el liderazgo político de Israel”.

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I Vote Israel (Yo voto Israel) se define como un grupo de inmigrantes judíos de Estados Unidos radicados permanentemente en Israel (con derecho a voto en Estados Unidos) profundamente preocupados por la seguridad y el futuro de Israel. “Lo que es más importante, es que queremos ver funcionarios estadounidenses electos que apoyen y defiendan a Israel en un compromiso absoluto con su seguridad y su derecho a defenderse”.

El Instituto Judío para Asuntos de Seguridad Nacional ha declarado que sus objetivos son “aleccionar a los responsables de la seguridad nacional, militar y civil del Congreso, sobre la defensa estadounidense y los intereses estratégicos, principalmente en el Medio Oriente, cuya piedra angular es una robusta cooperación de seguridad entre Estados Unidos e Israel”.

El Comité Judío tomó la iniciativa de crear un marco con la participación de líderes latinos estadounidenses, que se propone impulsar una agenda política, no solo en materia de política interna, sino también en lo que respecta a política exterior. En su escueta declaración de principios de media hoja se proponen promover interrelaciones con sociedades foráneos y el único país que recibe una mención específica y favorable de todo el globo terráqueo es, no creer, Israel (Iton Gadol, 2017).

La experiencia de las últimas décadas demuestra que ese ingenio israelí en materia diplomática le permitió salir airoso de varias batallas diplomáticas. Mas aun, la indolencia con que sociedades y gobiernos del mundo se relacionaron hasta ahora con esta conducta antidemocrática de ciudadanos de un país al servicio de intereses foráneos por la sola condición de pertenencia étnica fue traducida por la diplomacia israelí cono una legitimación. De ahí que toda crítica a ese accionar es catalogada de inmediato como ataque antisemita.

Da la impresión que la última manifestación en Charlottesville, Virginia, en Estados Unidos fue una resonante voz de alarma que no se puede desestimar. Si la realidad expuesta en esta nota no pasa desapercibida, los canticos de esa reducida protesta popular —“los judíos no nos reemplazaran” y “los judíos tienen una representación exagerada” — muy fácilmente se pueden convertir en pegadizas y contagiosas consignas en boca de muchos más.

El mismo liderazgo israelí se preocupa justamente en proyectar públicamente la demanda de doble lealtad de ciudadanos y funcionarios judíos en la diáspora. La imagen de Netanyahu felicitando a Andrés Roemer es muy convincente al respecto. Como se recordará, Roemer fue despedido del servicio diplomático mexicano debido a que, como judío, se dejó llevar por su corazón a favor de Israel y rehusó al cumplimiento de las órdenes de sus superiores que exigían votar en UNESCO a favor de catalogar a Israel como fuerza ocupante en Jerusalén Oriental y el Monte del Templo. El pueblo judío y la sociedad israelí deben tener claro que la continuidad de esta conducta en materia de diplomacia internacional, necesariamente conllevará a nefastas consecuencias. Bajo estas condiciones, es muy difícil liberarse de la impresión que aquella acusación que fue una brutal diatriba antisemita en un famoso libro del siglo XX, se está convirtiendo en una profecía que el liderazgo israelí y judío de la diáspora se empecinan en convertirlo en realidad uno de estos días.

DANIEL KUPERVASER es licenciado de Economía por la Universidad Nacional de Rosario, en Argentina. Es autor de Israel se emborrachó y no de vino, prologado por Marcelo Cantelmi, Jefe de Exteriores del Diario Clarín de Argentina. Además, es autor del blog Ojalá me equivoque. Sígalo en Twitter en @KupervaserD y en Facebook como Daniel Kupervaser.

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One Response to Diplomacia israelí sobre estructura étnica supranacional

  1. Inés Olarra dice:

    La importancia de la política estadounidense en Israel es indudable,Inés

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