Del terrorismo a la necesidad de resiliencia

1 septiembre, 2016 • Artículos, Asuntos globales, Portada • Vistas: 3732

Desafíos de la crisis civilizatoria

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AFP 

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Septiembre 2016

Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México

El terrorismo es una grave amenaza y ha recibido una notable cobertura mediática en el último año y medio, periodo durante el que han ocurrido tragedias como el ataque a la redacción de la revista Charlie Hebdo, el 15-N en París, los atentados en el aeropuerto de Bruselas, la masacre en el club nocturno Pulse en Orlando y el ataque en Niza del 14 de julio de 2016. En los 560 días transcurridos entre el 1 de enero de 2005 y el 14 de julio de 2016 ocurrieron 2109 ataques terroristas con al menos cinco víctimas mortales por ataque (sin considerar a atacantes muertos), con un total de 28 689 personas muertas. Lo anterior significa un promedio diario de 3.8 ataques y 51 víctimas.

De acuerdo con datos de IHS Jane’s Terrorism and Insurgency Center, el 2.3% de las víctimas (658) y el 2.2% de los ataques (46) tuvieron lugar en Europa y América (cuatro ataques en Latinoamérica y cinco en Estados Unidos). El 97.7% de las víctimas (28 031) y el 97.8% de los ataques (2063) han ocurrido en el Medio Oriente y el norte de África, África Subsahariana y el resto de Asia (no se registraron ataques en Oceanía). En el año y medio de referencia, en Europa y América ha ocurrido un ataque cada 12 días y han muerto, en promedio, 1.2 personas diarias. En el Medio Oriente y el norte de África, en donde han ocurrido casi tres cuartas partes de todos los ataques, el terrorismo produjo un promedio diario de 2.8 ataques y 37.5 víctimas fatales.

Estos datos no pretenden criticar la excesiva importancia mediática que se da a los atentados terroristas ocurridos en Occidente ni denunciar que no se lamentan las tragedias producidas por el terrorismo en el resto del mundo —a pesar de que el terrorismo es una amenaza cotidiana en Afganistán, Irak, Nigeria o Siria, mucho más claramente de lo que es en Estados Unidos o Francia—. La intención es comparar estos datos con otro tipo de amenazas.

El terrorismo frente a otras amenazas

En Pakistán, el terrorismo mató a 940 civiles en 2015 y 332 entre enero y julio de 2016. En comparación, la ola de calor de junio de 2015 mató en dos semanas a más de 2000 personas. Durante lo que puede considerarse el periodo más intenso de terrorismo de la historia reciente de Francia (de enero de 2015 a julio de 2016) murieron 236 personas por dicha causa. En contraste, en solo una semana, del 29 de junio al 5 de julio de 2015, una ola de calor mató a más de 700 franceses, por no mencionar los 11 000 muertos que dejó la ola de calor de 2003. El suicidio fue la causa de muerte de más de 8600 franceses durante 2013 y es la primera causa de muerte entre los jóvenes españoles. Hay evidencia científica que vincula los programas de austeridad fiscal y el incremento de las tasas de suicidio en la periferia de la Eurozona (por ejemplo, el estudio de Antonakakis y Collins en Social Science & Medicine de noviembre de 2015) y en el conjunto de Europa (The Lancet dedicó un número especial al tema en 2013).

El terrorismo es un desafío que los gobiernos deben combatir, los medios de comunicación deben cubrir y los académicos deben analizar. Pero, ¿por qué no hay una respuesta correspondiente de parte de gobiernos, medios de comunicación y académicos con las olas de calor o con el incremento de los suicidios? No es porque no sean problemas globales. De hecho, la pandemia de suicidio (como lo plantea Preventing suicide. A global imperative de la Organización Mundial de la Salud) y las olas de calor (como puede verse en State of the Climate in 2015) tienen mayor proyección global que el terrorismo. Algunos críticos consideran que hay una respuesta desproporcionada a la amenaza del terrorismo. Gleen Greenwald, el periodista de The Guardian por medio de quien Edward Snowden realizó las revelaciones sobre los programas de vigilancia de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), afirmó que “el riesgo de cualquier estadounidense de morir en un ataque terrorista es considerablemente menor que la posibilidad de ser alcanzado por un rayo”. Aunque estadísticamente Greenwald tiene razón, la imprevisibilidad y la brutalidad de la violencia terrorista sobre la población civil amerita la atención que se le dedica.

Aceptando lo anterior (y sin intentar desatar el nudo gordiano que representa la discusión sobre cuáles son las causas reales del terrorismo y cuál es la forma adecuada de combatirlo), ¿son menos trágicas y merecen menos atención las muertes por suicidio o por olas de calor? ¿O las muertes causadas por el crimen organizado o las muertes por malaria? ¿O las muertes por hambre?

terr-arellanes foto 02 (REUTERS)

Reuters

Crisis civilizatoria

La seguridad internacional no puede discutirse sobre la base de qué provoca más muertes, pero sí debe establecer criterios sobre lo realmente importante que permitan distinguir entre los síntomas y las causas. De especial importancia resulta hacer la diferencia entre acontecimientos y procesos.

El mundo vive una grave crisis global (no solo económica o geopolítica, sino civilizatoria) desde hace muchos años. Los acontecimientos recientes —más allá de la ola de terrorismo en Europa y Estados Unidos— como la internacionalización del conflicto en Siria, el fortalecimiento del Estado Islámico, la crisis de los refugiados, la tensión en Turquía, la rivalidad entre Arabia Saudita e Irán, el crecimiento de la xenofobia y de la extrema derecha en Europa, la popularidad que ha ganado Donald Trump, la tensión entre Rusia y la OTAN, por mencionar los más importantes, han evidenciado tal crisis. Pero si nos situáramos en 2014, antes de que estallara la situación actual, ¿diríamos que el mundo estaba bien? Lo diríamos solo si ignoramos todos los procesos que han ido evolucionando desde la crisis de 2008 o desde el 11-S, o desde mucho antes.

Algunos eventos recientes que me parecen mucho más preocupantes son: la caída en la inversión petrolera como consecuencia de los bajos precios del sector desde 2014 que, en opinión de la Agencia Internacional de Energía, pone en riesgo el abastecimiento de petróleo para los próximos años; la reciente advertencia del Fondo Monetario Internacional de que el Deutsche Bank “parece ser el contribuyente neto más importante a los riesgos sistémicos en el sistema bancario mundial”; las casi 600 000 hectáreas (mayoritariamente de bosque) destruidas por el incendio en Fort McMurray; el brote de ántrax en Siberia por el deshielo del permafrost; la aparición de los restos de una base encubierta del ejército de Estados Unidos saturada de desechos radiactivos, abandonada hace décadas y revelada por el deshielo en el noroeste de Groenlandia, o la afirmación de la NASA de que el primer semestre de 2016 ha sido el medio año más caluroso en la superficie de la Tierra desde que existen registros. Pero me parecen aún más preocupantes los procesos consolidados desde hace años: la emisión descontrolada de metano, la creciente resistencia de las bacterias a los antibióticos, el problema de colapso de colonias de abejas, la tendencia decreciente de la concentración de los recursos mineros, el colapso de los bancos de peces en los océanos y un largo etcétera. Pensar que las cosas van bien, fuera de los preocupantes acontecimientos recientes, puede ser una clara manifestación de ingenuidad o de ignorancia.

CNN

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La necesidad de construir resiliencia

The Global Risks Report 2016, elaborado por el Foro Económico Mundial con un claro enfoque de negocios, reconoce a la migración voluntaria a gran escala como el riesgo más probable y ubica al fracaso en la mitigación y adaptación al cambio climático como el riesgo de mayor impacto, por encima de la crisis hídrica y de las armas de destrucción masiva. El reporte hace un llamado a la construcción de resiliencia. En ello coincide con el enfoque totalmente opuesto del Stockholm Resilience Centre: los riesgos futuros no podrán evitarse y se irán haciendo cada vez más graves. Lo mejor que puede hacerse es prepararse para enfrentarlos.

De la misma manera que 2016 nos parece un año mucho más complejo y peligroso que 2014 (a pesar de que nuestros desafíos más graves ya estaban claramente perfilados en 2014), 2018 nos parecerá un año mucho más complejo y peligroso que 2016, en el sentido de que habrá más acontecimientos graves y mucho más preocupantes que los que ahora nos acongojan. Lo anterior no es pesimismo, sino realismo. Tener una actitud optimista no servirá de nada. El optimismo está en el núcleo del pensamiento conservador, es la confianza ingenua en que actuar en modo business as usual resolverá los desafíos que tenemos enfrente.

Que las cosas empeoren no es un destino inevitable, pero evitarlo requiere, en primer lugar, abandonar la ingenuidad del optimismo y aceptar la necesidad de una transformación muy profunda que debe discutirse urgentemente y con inteligencia. Imaginar que ello puede realizarse sin cuestionar y eliminar privilegios de todo tipo no solo es ingenuo, también es profundamente egoísta. La alternativa contraria es mantener el business as usual y contemplar cómo el caos global termina por instalarse, dejando que las “opciones” violentas y simplistas tomen la iniciativa aniquilando la posibilidad de cualquier solución civilizada.

Lo contrario del optimismo no es el pesimismo, sino la esperanza. La esperanza es lo único que permite que la resiliencia no se convierta en cinismo. La realidad solo puede ser distinta si se tiene la voluntad y se realizan las acciones correspondientes para transformarla. Pero transformarla ¿en qué dirección, según qué criterios, según la preferencia o las necesidades de quién? La crisis en curso no sería civilizatoria si hubiera una respuesta sencilla a tales preguntas.

JUAN ARELLANES es profesor de Geopolítica, Coordinador Académico del área de Estudios Regionales y Coordinador del Centro Anáhuac de Investigación en Relaciones Internacionales de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México-Campus Norte. Es doctorando en Seguridad Internacional en la misma institución.

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One Response to Del terrorismo a la necesidad de resiliencia

  1. Ana Paula Franco dice:

    ¿No sería, más bien, “lo contrario del pesimismo no es el optimismo, sino la esperanza”? Saludos

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