Definición y dinámicas de los intereses comerciales mundiales de México en la coyuntura internacional

24 agosto, 2018 • Artículos, Norteamérica, Portada • Vistas: 1601

CNBC-Reuters

Adolfo Alberto Laborde Carranco y Marcela Maldonado Bodart

Septiembre 2018

Nos encontramos ante el final de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN) de la que tanto se ha hablado. Tenemos un equipo de negociadores de primer nivel; una ruta crítica o agenda a negociar; el apoyo de las distintas fuerzas políticas del país y de la iniciativa privada, y hay una especie de frente común en la comentocracia y en los medios de comunicación. Está todo listo para lo que se venga; sin embargo, cabe preguntarnos si la negociación o modernización del TLCAN es de vida o muerte en materia comercial para México.

De acuerdo con datos estadísticos de la Secretaría de Economía de México de 2018, el comercio entre Estados Unidos y México ascendió a más de 521 519 millones de dólares, de los cuales más de 326 976 millones de dólares corresponden a las exportaciones y 194 543 a las importaciones, que dieron como resultado un superávit comercial para México superior a los 132 432 millones de dólares. ¿Esto es mucho o poco? Si lo comparamos con la balanza comercial de otras regiones, tendremos la respuesta. En el mismo periodo, con nuestros principales socios comerciales en Asia, es decir, China, Corea del Sur, Hong Kong, Japón, Singapur y Taiwán, se tuvo un déficit comercial de 90 760 millones de dólares. Con los miembros de la Unión Europea, también tuvimos una relación desfavorable de 25 679 millones de dólares, mientras que con los miembros de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) se presentó una balanza comercial negativa de más de 3526 millones de dólares y con Centroamérica una balanza favorable para México superior a los 3277 millones de dólares.

Como se observa, estos datos nos indican que el superávit que México mantiene con el TLCAN sirve para financiar el déficit que se tiene con los países de Asia, Europa y Latinoamérica. La balanza comercial positiva que México tuvo con Centroamérica, ayuda, pero no es la salida o una opción, por lo menos en el corto plazo, para compensar una posible afectación del comercio exterior de México con los miembros del TLCAN. ¿Cuál es la salida? ¿La diversificación de nuestros mercados externos? ¿Firmar más tratados de libre comercio? ¿Con China o Corea del Sur? Los datos de la Secretaría de Economía nuevamente muestran la realidad. En 2016, con China, Corea del Sur y Japón se tuvo un déficit comercial de 93 894 millones de dólares, por lo que abrirnos más a ellos profundizaría más el déficit comercial que se tiene con ellos.

Si bien es cierto, y partiendo de esta información, de alguna manera el comercio exterior de México se encuentra en una etapa de incertidumbre, pero no todo es catastrófico. Un eventual acuerdo forzado en el TLCAN nos orillaría a cambiar la estrategia. En un principio, apegarnos a lo acordado con respaldo de las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) serviría para mantener relativamente estables los flujos comerciales con Norteamérica y daría la pauta para una verdadera planeación en nuestro comercio internacional considerando la oferta y demanda de los mercados mundiales.

De acuerdo a la óptica de Estados Unidos, una estrategia para poder revertir el déficit comercial que se tiene con México, es cambiar la composición de integración de insumos para la elaboración de los productos en el marco del TLCAN. Actualmente, si un producto desea apegarse a este principio para no pagar aranceles, debe demostrar que su composición es del 60% de contenido regional, sin embargo, lo que ha planteado la delegación estadounidense es cambiar esta regla a un 80% de composición de componentes de Estados Unidos, no de la región del TLCAN. Si este cambio sugerido persiste, quizá no valga la pena seguir negociando. Esto significaría dejar a un lado a toda la planta productiva que se ha instalado en México, bajo la idea de utilizar a nuestro país como una plataforma exportadora a Canadá y Estados Unidos.

De alguna manera el comercio exterior de México se encuentra en una etapa de incertidumbre, pero no todo es catastrófico.

La cercanía con Estados Unidos ya no sería una ventaja competitiva para el país, lo que traería como consecuencia una salida de capitales, la reducción de la inversión extranjera directa y el desmantelamiento de la planta productiva de los sectores donde precisamente hay encadenamientos productivos perfilados al mercado norteamericano. En otras palabras, la industria manufacturera, electrónica y automotriz recibirían un duro golpe. La política económica y comercial tendría que cambiar. México dejaría de ser atractivo. El resultado, por lo menos en el corto y mediano plazo sería aumento del desempleo, menos recaudación fiscal, migración interna o al extranjero, y presiones sociales en los lugares donde existen estas cadenas productivas. Por eso la importancia de no ceder en este punto.

Incertidumbre política

En cuanto a la incertidumbre política que ha generado y profundizado el presidente Donald Trump en los últimos meses, representa un agotamiento y cansancio de los que creían en su proyecto de nación. Se han percatado que conducir las riendas de la primera potencia mundial va más allá de utilizar las redes sociales y de criticar a sus adversarios. Las intervenciones del presidente Trump en la esfera internacional cada vez son más cuestionadas, y eso nos debe preocupar. Ello explica los recientes ataques contra México. La política interna estadounidense contamina la relación bilateral. No es descabellado que en vísperas de recuperar algo de credibilidad, use los temas de la compleja relación bilateral, como la migración, el comercio, la seguridad, el muro y el narcotráfico.

La actual coyuntura internacional ubica a México en un dilema de seguridad. Todo está cambiando, más aún, ante una eventual nueva generación de la carrera armamentista mundial del siglo XXI. Estados Unidos ya dio el primer paso con el incremento de su presupuesto militar anunciado recientemente para 2019, en alrededor de 74 000 millones de dólares y las declaraciones del presidente Trump de tener lo más sofisticado en materia de seguridad y defensa, incluyendo una fuerza militar espacial estadounidense. Para explicar esto, se recurre a las categorías de análisis de Joseph Nye Jr. en The Future of Power (2011), quien estudia el poder, sus formas y fuentes. Para Nye, el poder es la capacidad de hacer cosas y afectar a otros para obtener lo que queremos, por lo que las relaciones de poder dependen de lo que piensa una víctima. Así, el poder tiene tres capas: militar al frente; en medio el económico, y en el fondo están las relaciones trasnacionales (que no solo incluye a las instituciones, sino también a los banqueros, los terroristas, las pandemias y el cambio climático). En este contexto, el poder blando se manifiesta en las instituciones, los valores y la cultura; el poder duro en recursos militares y económicos, y el poder inteligente se traduce en la diplomacia, la defensa y el desarrollo. En este último se requiere convertir recursos en resultados deseados, donde las estrategias y el liderazgo inteligente deben prevalecer. El poder depende siempre del contexto.

Si consideramos estos principios, podríamos preguntarnos cómo México utiliza estos tres tipos de poder. Quizá donde se ha hecho un buen papel es en el poder blando (imperialismo cultural mexicano), pero se tienen algunas reservas en el poder inteligente, porque la conjugación del poder blando y duro es necesaria para la emanación de este último. En este sentido, se entiende que el poder duro en nuestro país, se ha dejado a un lado, dada nuestra tradición pacifista y por la naturaleza de la política exterior (artículo 89 fracción X, de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos). Sin embargo, tal y como lo discutíamos con un general del ejército mexicano en retiro, “los ejércitos modernos son indispensables no sólo para la seguridad nacional, sino para el status de un país y su prestigio a nivel mundial”. Quizá la idea de desarrollar una industria de defensa propia pueda ir incorporando elementos de poder duro a nuestro país.

El plan B

En este contexto, el presidente Trump ha lanzado amenazas en más de una ocasión, como ya es de costumbre en su gobierno, dejando abierta la posibilidad de que Estados Unidos abandone el TLCAN. Lo ha hecho en el contexto de las innumerables rondas de negociaciones. Este tipo de intimidación vino acompañada de una serie de críticas a la política migratoria y de seguridad de su país hacia México en la frontera sur.

Al respecto, cabría preguntarse en qué consiste el plan B anunciado por la Secretaría de Economía de México, en caso de que el TLCAN se venga abajo. No se sabe nada sobre esto. Las únicas pistas que se pueden suponer son por la recopilación de las noticias de las visitas de las autoridades mexicanas a Sudamérica, Asia (Japón) y la mención de que se modernizarán los acuerdos con Argentina y Brasil, así como la Unión Europea. Nos preguntamos si los 12 acuerdos comerciales que tenemos con 46 países no son suficientes. Ya existe un acuerdo con la Unión Europea, con Argentina y Brasil, con la ALADI y además las normas de la OMC. En todo caso, deberían decir que están buscando importaciones sustitutas en algunos rubros o abastecimiento de productos específicos ante el eventual fracaso de la renegociación del TLCAN.

Cabría preguntarse en qué consiste el plan B anunciado por la Secretaría de Economía de México, en caso de que el TLCAN se venga abajo.

El plan B no debería limitarse solamente a giras o a declaraciones, sino que tendría que instrumentalizarse (ejecutarse) con acciones paralelas (concretas) a las negociaciones del TLCAN. ¿Acaso no sería útil dejarles ver a los negociadores estadounidenses que estamos en pláticas de un tratado de libre comercio con China y Corea del Sur, además de lo ya anunciado? Pues en términos de presión política y de las alianzas comerciales a nivel mundial esto significaría un mensaje claro a nuestros interlocutores estadounidenses de que México sigue siendo un actor importante en la esfera comercial mundial. También debería prestarse mayor atención a la importancia de profundizar las dinámicas de los procesos de integración económica, que no es lo mismo que un simple tratado de libre comercio, con los miembros de la Alianza del Pacífico o con los socios de ALADI, o asumir el liderazgo de la reactivación del Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP o TPP-11), por medio del establecimiento de misiones comerciales que logren desarrollar un intercambio comercial entre México y los países que ahora conforman el TPP-11, en el corto plazo. Es cierto que esto llevará tiempo, pero qué estamos esperando. Una actitud reactiva no ayudará, menos aun cuando se quiere y es necesario, por cuestiones de seguridad nacional, dejar de depender comercialmente del TLCAN. Sin presupuesto y acciones coordinadas entre el sector público y privado, para desarrollar líneas de acción calendarizadas con resultados medibles, todo queda en el discurso y la retórica. La tan anhelada diversificación comercial tendrá que esperar, por lo menos hasta que sepamos el destino del TLCAN.

El terreno geopolítico

Se ha hablado mucho del plan B o del plan de contingencia que México instrumentará en caso de que las cosas no salgan como lo esperado en las renegociaciones del TLCAN. Parece ser que se está tomando con seriedad esta situación. Por ejemplo, el presidente Enrique Peña Nieto viajó en septiembre de 2017 a China, donde asistió al Diálogo de Líderes de Economías Emergentes y Países en Desarrollo, así como al Foro de Negocios en Xiamen, provincia de Fujian China. Dichos eventos se dieron en el marco de la IX Cumbre de los BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica). Esta visita podría pasar desapercibida si no estuviéramos en la coyuntura actual, es decir, en un proceso de transición de visión política y social, en el que México tendrá que comenzar a plantearse sus fichas geopolíticas y geoeconómicas.

En el terreno de la geopolítica, se entiende que la política exterior de un país, es un instrumento para conseguir o contribuir a cumplir el interés nacional. En este caso, la nuestra había estado concentrada, por razones naturales, en Norteamérica, y en menor medida en regiones donde prevalecía algún interés comercial y político como Latinoamérica, Europa o Asia. África y Oceanía no han estado en nuestro radar. Existe también una participación en el seno de los organismos multilaterales, donde nos hemos comprometido en temas como el cambio climático con el Acuerdo de París, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, entre muchos otros. El activismo en otros foros regionales como la propia Organización de los Estados Americanos (OEA) es un ejemplo más, sin embargo, desde hace algunos años, salvo la posición de México en torno a la crisis política de Venezuela en el marco de la OEA o en el cambio climático en los acuerdos de Cancún, la política exterior de México ha administrado los grandes aciertos del pasado en la materia. Quedan en la memoria la Conferencia de Chapultepec, la participación en el proceso de pacificación en Centroamérica por medio del Grupo Contadora, el papel activo de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados en la década de 1980, que recibió a más de 100 000 refugiados guatemaltecos, o el activismo internacional de la década de 1970. He aquí la importancia de la visita a China. Como se sabe, los BRICS han creado un mecanismo de consulta y cooperación que busca otro modelo de desarrollo, considerando a las economías emergentes. Su impacto ha tenido un mayor peso geopolítico que geoeconómico. Mostrar al mundo que México está abierto a nuevas alianzas y contrapesos es un acierto. El poder blando se debe demostrar.

En cuanto a la geoeconomía, las cosas adquieren un carácter más complejo. A pesar de que se asista a un foro de negocios internacional, los resultados de ello tendrán que esperar. Se necesita trazar una ruta crítica, con objetivos claros para cumplir con nuestros intereses comerciales. Se ha repetido hasta el cansancio sobre la dependencia del mercado del TLCAN. Esto nos condena, por lo menos en el mediano plazo. Cambiar la lógica de diversificación o mercados sustitutos, no se dará por generación espontánea. Hay que trabajar en los esquemas comerciales existentes para promover el incremento de los flujos económicos, por ejemplo en la cooperación con esquemas económicos como los BRICS, replantearse el papel de Mexico en el MIKTA (mecanismo de cooperación entre México, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Australia), así como la participación de México en los esquemas comerciales en los que forma parte en Latinoamérica, por medio una visión horizontal de la cooperación, que cambie la lógica hacia una estrategia de ganancias relativas, es decir, en el corto plazo, como ya lo han estado definiendo otros actores en el escenario internacional.

ADOLFO ALBERTO LABORDE CARRANCO es profesor e investigador de tiempo completo de la Universidad Anáhuac, México. Sígalo en Twitter en @adolfolaborde71. MARCELA MALDONADO BODART es profesora e investigadora de tiempo completo de la Universidad Autónoma de Baja California, México. Sígala en Twitter en @MarcelaBodart.

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