Caveat venditor

25 octubre, 2018 • Artículos, Norteamérica, PJ Comexi, Portada • Vistas: 1490

USMCA y sus consecuencias electorales

Tomada de la cuenta de Twitter @realdonaldtrump

Jesús Isaac Flores Castillo

Octubre 2018

Una colaboración del Programa de Jóvenes del Comexi

A unos días de las elecciones intermedias en Estados Unidos es válido preguntarse si el presidente Donald Trump realmente “está haciendo a Estados Unidos grande de nuevo”. En el último mes ha logrado nombrar a uno de los jueces más conservadores en la historia reciente de la Suprema Corte y, atribuible a su gobierno o no, el desempleo se encuentra en su nivel más bajo desde 1969. La cereza del pastel es la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con mejoras marginales que favorecen a Estados Unidos y permiten que el Presidente presuma el cumplimiento de sus promesas de campaña frente a su fiel base electoral. Estos y otros factores pueden prevenir una aplastante victoria del Partido Demócrata en noviembre de 2018.

El Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (USMCA) será un triunfo para aquellos ciudadanos estadounidenses que consideran al libre comercio como el origen del estancamiento económico de Estados Unidos aun cuando, en la práctica, no representa un cambio de paradigma respecto de la política comercial de los últimos 30 años. En la era de la posverdad casi todos los políticos, sobre todo los del Partido Republicano y el mismo presidente Trump, recurren a “hechos alternativos” para dar fuerza a argumentos intelectualmente débiles, pero de un atractivo electoral innegable. Por ejemplo, es probable que el nuevo nombre del TLCAN sea un producto de sus famosas habilidades de mercadeo, descritas en muchos de los libros que sobre su gobierno se han publicado tan solo en lo que va del año, para consolidar la apariencia de un tratado nuevo que rompa la herencia “globalista” de su antecesor.

¿Juego de suma cero que hace buena política?

La Agenda Presidencial de Política Comercial es un manifiesto muy claro de cómo el gobierno de Trump entiende las relaciones económicas con el mundo y los vínculos que tienen con la soberanía nacional, entendida en un sentido muy restrictivo. En el documento se definen cuatro prioridades principales: 1) defender la soberanía nacional de Estados Unidos sobre la política comercial; 2) hacer cumplir las leyes comerciales de Estados Unidos; 3) utilizar todos los recursos para alentar a otros países a abrir sus mercados a las exportaciones estadounidenses de bienes y servicios, y 4) negociar acuerdos comerciales nuevos y mejores con países en mercados clave de todo el mundo, resistiendo los esfuerzos de otros países ―o miembros de organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio (OMC)― para promover interpretaciones que debiliten los derechos y los beneficios, o aumenten las obligaciones de Washington. Paradójicamente, según cifras del Departamento de Comercio, Estados Unidos gana en promedio 85.7 de cada 100 disputas ante la OMC, hecho incontrovertible que despoja de sentido común la continua oposición a los foros internacionales. Las prioridades 1 y 4 están cargadas de nacionalismo e interpretan la adhesión a la OMC como pérdida de autoridad soberana. Bajo esta lógica, las instituciones internacionales, creadoras de nuevas reglas y leyes vinculantes para los países miembros, no tienen legitimidad puesto que sus decisiones no son ratificadas por los representantes de los ciudadanos.

Las consecuencias electorales de estos comportamientos cobran particular relevancia para las elecciones de noviembre de 2018 y la ratificación del USMCA por el nuevo Congreso en 2019.

Para poder cumplir sus promesas en el ámbito comercial, el gobierno estadunidense se ha valido de diferentes estrategias. En el caso de los aranceles al acero y al aluminio anunciados en marzo de 2018, se invocó la sección 232 de la Ley de Ajuste del Comercio de 1962, la cual permite al Presidente bloquear las importaciones que considere como amenaza a la seguridad nacional. Convenientemente, la OMC contempla esta posibilidad en el artículo XXI de las normas y admite restricciones temporales al comercio. De acuerdo con Bob Woodward en su más reciente libro Fear, Gary Cohn (Exdirector del Consejo Económico Nacional) y el secretario de Defensa James Mattis le aseguraron personalmente a Trump que la industria acerera no estaba en riesgo y que no era aconsejable argüir razones de seguridad nacional para imponer aranceles a la importación. Mattis además afirmó que las “necesidades militares estadounidenses de acero y aluminio representaban solo el 3% de la producción nacional” por lo tanto, las capacidades de los programas del departamento para adquirir los insumos necesarios para cumplir con los requisitos de defensa no se encontraban comprometidas.

El presidente Trump sabe leer muy bien las necesidades y deseos de su base electoral, pero le ha costado trabajo lograr el mismo nivel de empatía con el resto de los votantes, sobre todo los independientes. De acuerdo con el Pew Research Center, en septiembre de 2018, 53% de los ciudadanos estadounidenses pensaba que los aranceles eran malos para la economía de su país. Entre los ciudadanos identificados con algún partido político, se encontró que el 70% de los republicanos creía que los aranceles serían buenos, mientras que el 79% de los demócratas opinaba lo contrario. La división que genera el tema se alinea perfectamente con las preferencias partidistas. Resulta verdaderamente increíble que el otrora partido defensor del libre mercado se haya atrincherado en dogmas económicos que tienen más similitudes con una economía centralizada que con el capitalismo. Las consecuencias electorales de estos comportamientos cobran particular relevancia para las elecciones de noviembre de 2018 y la ratificación del USMCA por el nuevo Congreso en 2019.

La gran ola azul                                                                                                                           

Hace apenas unos meses la posibilidad de la ocurrencia de una victoria avasalladora en las elecciones de noviembre de 2018, que llevaría a los demócratas a asumir el control sobre la Cámara de Representantes, era bastante significativa. Se requieren 218 de 435 escaños para obtener la mayoría. En las elecciones de 2016, 241 congresistas pertenecían al Partido Republicano y 194 al Demócrata. Según cifras del Cook Political Report, hay 68 distritos altamente competidos, 25 de ellos ganados por Hillary Clinton en 2016 pero que son representados por congresistas republicanos. Los demócratas solo requieren ganar 24 asientos, sin perder ninguno de los que actualmente ostentan, para alcanzar la mayoría. Muchos de estos distritos están en zonas cuyas economías están conformadas por empresas que dependen de insumos importados o que producen bienes primarios para el mercado internacional.

El mejor ejemplo es la empresa Mid-Continent, que ha sido descrita con increíble detalle por Andrew Selee en su libro Vanishing Frontiers. Mid-Continent manufactura clavos, es de las últimas empresas dedicadas a esa actividad en Estados Unidos y fue adquirida por la empresa mexicana Deacero en 2012. Su principal insumo es el acero mexicano, sus márgenes de utilidad han ido menguando desde la imposición del arancel de 25%, orillándola al despido de varios empleados estadounidenses. Su fábrica se encuentra en Misuri, un estado que ha votado por el candidato presidencial republicano ininterrumpidamente desde 2000, pero que es representado en el Senado por un republicano y una demócrata. Esta última es Claire McCaskill, que se encuentra en campaña por la reelección. El control del Senado también está en juego, aunque las probabilidades de que cambie de manos son mucho menores que en el caso de la Cámara de Representantes. Además, hay algunas contiendas en las que los temas comerciales, como la renegociación del TLCAN, serán decisivos.

Cada estado es diferente y las circunstancias que empujan a sus electorales a votar en un sentido o en otro son igualmente únicas. Pero en todo el país, hay varios factores comunes que pueden inclinar levemente la balanza del poder a favor de los demócratas en ciertos distritos clave. Las consecuencias económicas de los aranceles a las importaciones de ciertos bienes y la incertidumbre creada por la renegociación del TLCAN (y de la ratificación del USMCA) son algunos de ellos. Adicionalmente, variables demográficas y culturales retoman importancia, por ejemplo, la defensa de los derechos de las minorías, las despiadadas políticas migratorias de separación de familias y el desmantelamiento del sistema de protección ambiental. Todos los anteriores son temas que los candidatos demócratas adoptaron como suyos durante las elecciones primarias en el verano de 2018 y, fundamentalmente, son problemas que afectan a los estados de la frontera sur y cuyo impacto es particularmente relevante en Texas.

Hay que tomar en cuenta que ha surgido una nueva tendencia en los patrones de votación. En esta elección, el control de la Cámara de Representantes lo decidirán los votantes de los suburbios, mientras que la importancia de los sindicatos y otros grupos se verá mermada. Aquellos distritos que colindan con las ciudades más grandes y que usualmente están habitados por ciudadanos de raza blanca con estudios universitarios, con una densidad importante de mujeres y jóvenes, tienden a identificarse con el Partido Republicano en temas sociales; sin embargo, en estos dos últimos grupos el presidente Trump tiene un apoyo muy bajo en las encuestas. Se puede observar un cambio en las coaliciones políticas tradicionales impulsado, sobre todo, por el cada vez más amplio grupo de votantes identificados como independientes o apartidistas. Distritos como los que rodean a Austin y Houston, o el codiciado condado de Orange en California, tienen probabilidades reales de cambiar de manos en noviembre. De suceder, los demócratas estarían muy por encima de los 24 asientos que necesitan para tomar el control de la Cámara y les brindaría más de un camino para lograrlo.

En Texas, Beto O’Rourke ha resultado ser un cisne negro para el Partido Republicano. En la última semana, sus probabilidades de victoria se han ido reduciendo, pero ha logrado recaudar la impresionante cantidad de 38 millones de dólares en donaciones de pequeños contribuyentes, sobrepasando por mucho a su rival, el senador Ted Cruz. O’Rourke tiene orígenes irlandeses y es nativo de El Paso, ha sido su Representante en el Congreso por tres periodos consecutivos. Su plataforma es muy parecida a la de Bernie Sanders en 2016. Está a favor de la educación superior gratuita, de la salud universal, de un sistema migratorio incluyente y del libre flujo de bienes y personas. La base electoral demócrata en Texas, sobre todo el electorado hispano, ha reaccionado con un nivel de activismo político no visto en el estado desde hace al menos 3 décadas. El factor principal es, desde luego, la oposición al presidente Trump. La amenaza de extinción del TLCAN fue particularmente importante en estos distritos.

Los negociadores veteranos lo saben, la batalla por el tratado apenas comienza.

México es el primer socio comercial de los estados de Arizona, Nuevo México y Texas, y la importancia que tiene la relación para sus economías no se puede subestimar. En el caso de Arizona, Martha McSally (Congresista por el segundo distrito) se ha caracterizado por una posición antinmigración muy clara; sin embargo, en el debate de hace unos días se pronunció a favor del comercio con México, resaltando la importancia que tiene para su estado y el interés de las empresas locales por la defensa del statu quo. Es importante señalar que McSally está en una muy reñida competencia para reemplazar al fallecido senador John McCain y ha tratado distanciarse de las políticas más radicales del presidente Trump. Igualmente, es una de las muchas mujeres que aparecerán en la boleta electoral en noviembre de 2018; de hecho, será una de las elecciones en las que contenderán más mujeres por algún cargo público.

Finalmente, los estados agrícolas del medio oeste como Iowa, Indiana, Ohio, algunos del sur como Tennessee y el ya mencionado caso de Misuri, se han vuelto sorpresivamente competitivos. De nuevo, la impopularidad del presidente Trump genera incentivos importantes, pero sobre todo la afectación de las exportaciones agrícolas consecuencia de las represalias comerciales que, a su vez, responden a las políticas protecciones del gobierno. Una publicación de Brookings Institution encontró que las áreas rurales y aquellas especializadas en la exportación de metales, como Dakota del Norte, Idaho y Montana, son las más afectadas por las contramedidas implementadas por los socios comerciales de Estados Unidos. Los condados ganados por Trump en 2016 son 50% más vulnerables a los aranceles que los que ganó Clinton. El nivel de precisión con el que se han aplicado estas medidas compensatorias es impresionante. La intención, desde luego, es presionar políticamente a la base electoral republicana. Sin embargo, los efectos de la reforma tributaria firmada en diciembre de 2017 han podido contrarrestar la impresión negativa de la “guerra comercial” e incluso, para los sectores más leales al Presidente, la han reivindicado.

Hace unos días, una encuesta de ABC-Washington Post reveló que un porcentaje más amplio de electores planeaba votar en las elecciones de 2018, en comparación con las elecciones intermedias de 2014. El dato indica un inusual nivel de interés por parte de los electores y una participación atípica que puede traducirse en más votos para los demócratas a nivel nacional. Sin embargo, hay que recordar que las elecciones en Estados Unidos no se ganan a nivel nacional sino en cada localidad, de cada distrito, en los estados clave. Si los demócratas toman el control del Congreso, nadie puede asegurar que el USMCA será ratificado. Su oposición al Presidente los obligaría a ponerle un costo elevado a una victoria política que sería la joya de la corona para el gobierno. Adicionalmente, el libre comercio sigue siendo un tema tabú entre muchos de los demócratas más radicales, quienes lograron nominar a candidatos antisistema en las elecciones primarias.

En estas condiciones, el acceso al mercado estadounidense se vuelve más complicado y aquellos que venden bienes y servicios (sobre todo sus socios norteamericanos) así como los que “venden” soluciones políticas (congresistas y senadores) enfrentarán un ambiente que pondrá a prueba sus mejores instintos. Que “el comercio es malo” ha sido el mantra del presidente Trump desde la década de 1980 y, hoy en la Casa Blanca, las inercias burocrático-institucionales apenas han podido contenerlo. No solo se trata de la renuncia (o amenaza) a tratados comerciales, ni la insostenible creencia de que todos los déficits comerciales son malos bajo cualquier circunstancia, sino de un cambio radical en la sociedad estadounidense en sus actitudes hacia el sistema internacional, mismo que precede a la era Trump. ¿Y qué hay de México? Valeria Moy y Valeria Mendiola lo han dicho muy bien en Foreign Affairs Latinoamérica, vol. 18, núm. 4: planear la implementación de lo acordado en el USMCA, como las nuevas reglas de origen en el sector automotriz, es igualmente importante que convencer a los legisladores de los tres países de su ratificación. Los negociadores veteranos lo saben, la batalla por el tratado apenas comienza.

JESÚS ISAAC FLORES CASTILLO es licenciado en Relaciones Internacionales por el ITAM, maestro en Economía en el Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y miembro del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (PJComexi). Ha trabajado en el sector público como asesor legislativo, en la academia como investigador invitado y en el sector privado como gerente de comunicaciones de Linio Latinoamérica. Sígalo en Twitter en @jeshuaitzhak.

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