Brexit: una oportunidad para la Unión Europea

14 marzo, 2016 • Artículos, Europa, Portada • Vistas: 1594

Shutterstruck

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Marzo 2016

Estos parecen no ser buenos tiempos para la Unión Europea. A partir del inicio de la crisis económica mundial de 2008 solo se han ido sumando los problemas: fueron saliendo a la luz las debilidades en torno al control de las finanzas públicas de los países miembro y el déficit democrático se hizo evidente en las elecciones de 2009 y de 2014 para renovar el parlamento europeo. La incapacidad para generar soluciones coordinadas al problema de la entrada masiva de migrantes del Medio Oriente y del norte de África al territorio europeo añade más elementos para cuestionar la capacidad de operación efectiva del proyecto de institucionalismo más avanzado en la historia moderna. El mundo ya no es el de 1951 y las amenazas son de otra índole, como lo han podido sentir los franceses en carne propia. Por este motivo es que, sin duda alguna, la Unión Europea tiene que introducir cambios profundos en su estructura y en su operación.

Es en este contexto que aparece otra amenaza al proyecto de Robert Schuman: la posible salida de uno de los miembros de la unión que rompería el delicado equilibrio de la fórmula “unidos en la diversidad”. Los británicos siempre se sintieron “extraños” en Europa. En un principio, ni siquiera consideraron como una necesidad el unirse a los países continentales para superar el periodo de la posguerra y, cuando las oportunidades del libre comercio se hicieron visibles, entraron a la competencia bajo sus propias reglas creado la Asociación Europea de Libre Comercio.

Para los británicos, la entrada a la Comunidad Económica Europea nunca pasó de ser un asunto de interés económico, de ahí su falta de liderazgo en las distintas instituciones políticas de la organización reflejada en el reporte del Comité de Asuntos Internacionales 2013-2014, de la Cámara de los Comunes. El proceso de adhesión fue largo y tortuoso dada la animadversión que sentía Charles de Gaulle por los ingleses. Incluso, una vez admitido como miembro, el Reino Unido tuvo sus dudas como lo demuestra la organización del referéndum en 1975 para dar legitimidad a la decisión de unirse al mercado común europeo.

Aunque el Reino Unido fue participe en el gran salto que significó la entrada en vigor del Tratado de Maastricht al transformar la asociación económica en una unión política, siempre ha tenido sus reservas frente a la ampliación en los alcances de la organización. De entrada, no forma parte del acuerdo Schengen que permite el libre tránsito de personas entre países y ha recurrido a la cláusula de exclusión en dos áreas centrales para el avance de unidad en Europa: la unión monetaria y la carta derechos fundamentales.

Reuters

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Casi la mitad de los británicos sigue pensando que no obtiene nada de la Unión Europea y que sí pierde mucho. Uno de los argumentos más populares de los euroescépticos, que tiene ya varios años gestándose, es que la llegada masiva de migrantes europeos –especialmente de polacos– que se generó después de terminado el veto al libre tránsito sobre los Estados que se incorporaron en 2004 fue sumamente nociva para su calidad de vida. Dicha ola migratoria es percibida como la causa principal del desempleo, de los bajos salarios y de la disminución en la aptitud de los servicios públicos, especialmente el tan apreciado servicio de salud NHS.

El acuerdo alcanzado por David Cameron con los líderes de los otros 27 países de la Unión Europea en febrero de 2016 se centra en tres cuestiones básicas: la limitación los beneficios del sistema de bienestar a los migrantes –restricción que se hace extensiva a sus hijos–, la reivindicación del papel del Reino Unido en la toma de decisiones en los asuntos económicos de la eurozona –sin que esto signifique su incorporación a ella– y la exigencia de dejar por escrito la cláusula de exclusión a la que se apega el Reino Unido en todas las negociaciones para profundizar la unión. En pocas palabras, lo que Cameron consiguió fue extender el estatus de excepcionalidad para el Reino Unido dentro de la Unión Europea.

Todo esto entraría en vigor una vez que en el referéndum del próximo 23 de junio se ratifique la permanencia del Reino Unido en la Eurozona. Las campañas a favor y en contra se centran en los asuntos económicos porque se refieren a elementos tangibles con los que el electorado conecta fácilmente: ¿por qué tienen que pagar los contribuyentes británicos el rescate financiero de otros países? Por otro lado, las grandes corporaciones han insistido en que la salida de la Unión Europea podría traer como consecuencia una disminución de sus actividades en el país. Finalmente, el perfil socioeconómico de quienes siguen confiando en la relación con la Unión Europea también es claro, se trata de jóvenes entre 18 y 29 años con un alto nivel educativo.

Un escenario del debate que no se discute tan abiertamente es el de la seguridad. El Reino Unido siempre se ha opuesto a la consolidación de una política común en materia de seguridad en Europa por temor a que esto vaya en detrimento del papel de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en la región. Sin embargo, bajo las actuales circunstancias de la lucha contra el terrorismo, el trabajo conjunto de los últimos dos años de Alemania, Francia y el Reino Unido –que ha sido crucial– sería mucho más difícil de coordinar con el Brexit.

PA

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Finalmente está el asunto de la propia división dentro del Reino Unido. Escocia es la región que muestra una tendencia más favorable hacia la permanencia en la Unión Europea y, de ganar el “No”, cabría la posibilidad de plantear a su vez un nuevo referéndum en esta región, que tendría mayores posibilidades de separarse.

Las encuestas muestran un margen muy pequeño de diferencia entre la opiniones de los británicos y la incertidumbre ya ha cobrando su cuota con presiones sobre la libra esterlina que muestra su valor más bajo frente al dólar en siete años. Sea cual sea el resultado, quizá le vendría bien a la Unión Europea considerar este nuevo reto como un punto de inflexión y comprometerse no sólo con los cambios que “dejen contentos a los británicos”, sino con reformas estructurales que adecuen la institución a los nuevos retos.

ELVIA LAIJA es maestra en Estudios Internacionales por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Ciudad de México. Actualmente imparte cátedra en la Universidad Iberoamericana, Puebla y es profesora de medio tiempo en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

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