Ayaan Hirsi Ali y la reforma del Islam

21 mayo, 2015 • Medio Oriente, Portada, Regiones, Reseñas • Vistas: 2968

Reseña del libro Heretic: Why Islam Needs a Reformation Now

avatarDefault Federico Gaon

Mayo 2015

Harper Collins Publishers

Harper Collins Publishers

El Islam necesita reformarse urgentemente, necesita renovarse y ponerse al corriente con los valores cívicos y liberales, con las ciencias y con las dinámicas de las sociedades modernas. Esta es una premisa bastante recurrente entre los críticos occidentales y es compartida por pensadores musulmanes. Lejos de ser una preocupación contemporánea, la reforma del Islam viene discutiéndose desde que los poderes europeos colonizaran la mayor parte del mundo islámico durante el siglo XIX. Las interrogantes en aquel entonces no eran tan diferentes a las de hoy. ¿Cómo compatibilizar el Islam con la modernidad? ¿Cómo legitimar las innovaciones materiales e intelectuales de los no musulmanes para condonar su uso cotidiano por los musulmanes? ¿Puede modernizarse el Islam sin tener que occidentalizarse?

Con el auge de los movimientos islamistas y el terrorismo islámico en los últimos tiempos, estas preguntas han cobrado mayor trascendía. A la luz de los hechos, el interrogante de cómo reformar el Islam, promete convertirse en uno de los principales debates del siglo XXI. Ayaan Hirsi Ali supo convertirse en una de las figuras más candentes de este debate. Nacida en Somalia en 1969, naturalizada holandesa y luego estadounidense, Hirsi Ali encendió la chispa de una discusión que se repite y cobra mayor relevancia en los medios de comunicación, así como en las universidades y en los foros internacionales.

 

Una mujer excepcionalmente extraordinaria

Hirsi Ali ha superado obstáculos durante toda su vida. En su infancia y luego en su adolescencia, resultado de las opiniones políticas de su padre, tuvo que desplazarse con su familia desde su tierra natal a Arabia Saudita, después a Etiopia y luego a Kenia. Sometida a una educación tradicional y religiosa, y mutilada genitalmente, Hirsi Ali llegó a adoptar como propio el discurso reaccionario del islamismo. Llegó a comprometerse con la idea del Corán como fuente inapelable de sabiduría y moral y —según narra ella misma— llegó incluso a secundar la fetua contra Salman Rushdie por la herética representación de Mahoma en su novela Los versos satánicos. Debido a que en su adolescencia vestía orgullosa el hiyab y era instruida por tutores ortodoxos, por lo que fue receptora de una formación rigurosa, jamás hubiera previsto que pocos años después cuestionaría todas sus creencias y verdades asumidas. Autoexiliada en Holanda para liberarse de un matrimonio arreglado, a sus 23 años se encontró en una región extraña y desconocida en donde las mujeres gozan de los mismos derechos y beneficios que los hombres, en donde reina la tolerancia y el respeto, en donde nadie es declarado hereje o infiel por sus ideas, y donde la religión, en contraste con sus experiencias en tierras islámicas, no decreta la vida o la muerte, sino que queda relegada al Estado.

A los 33 años Hirsi Ali salió electa y ganó una banca en el parlamento holandés. Para entonces se había educado en el pensamiento político occidental y había adquirido prominencia gracias a sus rotundas críticas contra el mismo sistema social que la había amparado. Hirsi Ali polemizaba que los holandeses se hacían de la vista gorda ante los problemas crónicos de integración en las comunidades de musulmanes. En un sentido amplio, denunciaba lo que a ella le resultaba la explotación de la moral europea por parte de muchos migrantes que, pese a beneficiarse de las prestaciones y garantías liberales del mundo libre, devolvían a sus anfitriones la generosidad con discursos antisistémicos, antiliberales y proislamistas. Sin dudas, Hirsi Ali saltó a la fama gracias a su propio pasado. Conocía de primera mano los perjuicios de la enseñanza a cargo de ortodoxos e islamistas y estaba al tanto del calvario que esta significaba especialmente para las mujeres. A esta altura, indignada por las atrocidades constantes cometidas en nombre del Islam, había roto completamente con su pasado para descubrirse como una atea librepensadora.

El nombre de Ayaan Hirsi Ali empezó a internacionalizarse cuando se hicieron públicas sus declaraciones completamente funestas en contra el Islam. La suya fue una emancipación gradual de la religión pero culminó con un mensaje pujante que inmediatamente hizo sonar las alarmas de intelectuales y políticos que no dudaron en llamarla “islamófoba”. El mensaje controversial de Hirsi Ali era, y continúa siendo, que detrás del relativismo cultural (en tendencia como la respuesta políticamente correcta a los desafíos de la globalización) se esconde la bancarrota moral de Occidente, que a modo de expiar los pecados por el colonialismo del pasado, termina aceptando el ingreso de inmigrantes intolerantes con el sistema contemporáneo que es tolerante, permitiendo su destrucción desde dentro. Por denunciar los abusos que entablara la práctica ortodoxa del Islam y su condición antitética con los valores laicos de nuestra era, numerosos multiculturalitas y, paradójicamente feministas, denuncian a Hirsi Ali como una suerte de fundamentalista de lo secular, una “fundamentalista de la Ilustración” (para usar la expresión de Garton Aash y Ian Buruma).

Por otro lado, su actitud le valió ganarse el desprecio de los verdaderos fundamentalistas, quienes han llamado a darle muerte por ofender y denigrar al Islam. Como resultado de sus ofensas en la vida pública, Hirsi Ali tuvo que sacrificar su vida privada y pasar a esconderse y ser custodiada permanentemente por fuerzas de seguridad.

En 2006, un sector dentro del establecimiento político holandés decidió quitarse a Hirsi Ali de encima. Ante su presencia polarizadora, sobre todo entre el público musulmán, a Hirsi Ali se le imputó el haber mentido cuando peticionó por asilo en 1992, al no haber informado que su causa de exilio era un matrimonio arreglado. Aunque su historia ya era de público conocimiento —y si bien eventualmente saldría con la frente en alto— el solo hecho de que la forzaran a renunciar a su banca en el parlamento y que se pusiera en tela de juicio su carácter como holandesa, resultó en un trato humillante y de carácter inquisidor, que la llevó a emigrar y buscar residencia en Estados Unidos. No tuvo que esperar. Su green card vino con una visa especial por ser una mujer “excepcionalmente extraordinaria”.

 

Islamófoba o librepensadora                        

A partir de su nueva vida en Estados Unidos, Hirsi Ali escribió su cuarto libró Nómada (Nomad: From Islam to America, 2010), identificándose, como el título sugiere, cual activista errante, perseguida por ofender al Islam en defensa de la civilización occidental. En Nómada, la autora y ahora exparlamentaria, explicaba que su viaje no solamente la ha llevado a través de fronteras, pero más bien a través de cosmovisiones e idiosincrasias distanciadas. Esta es posiblemente una de las obras más provocativas respecto a la religión islámica.

Además de repasar su propio camino, de pasar de ser una chica adoctrinada a odiar a ser una polemista secular y liberal, Hirsi Ali alertaba a Occidente sobre los riesgos de su propia negligencia a la hora de tomar en serio la amenaza latente del extremismo islámico. Indicaba que no hacía falta ir a el Medio Oriente para encontrar el germen del odio y la violencia terrorista, sino que este se encontraba más cerca de lo asumido y que bajo la fachada políticamente correcta del multiculturalismo, los islamistas aprovechaban para reclutar yihadistas y financiar ilícitos alrededor del mundo. En suma, la hipótesis de Hirsi Ali era que los cimientos de la cultura occidental estaban siendo desmontados desde adentro, por un credo que no reconoce valor epistémico en la democracia, en la tolerancia religiosa y en la equidad de sexos.

Tony Bock/Toronto Star via Getty Images

Tony Bock/Toronto Star via Getty Images

La idea que Hirsi Ali termina de desarrollar en Nómada es que el Islam es todo menos una religión de paz. El discurso tiene como premisa que, aunque desde luego existen musulmanes amantes de la paz y occidentales en espíritu y forma, la religión mahometana es violenta en esencia. Además, asegura que provee un trasfondo que insta y legitima a sus adherentes para que cometan brutalidades en contra de personas de otras religiones, siempre contra aquellos que piensan diferente. “El Islam no es solamente una creencia, es un modo de vida, un modo violento de vida. El Islam está impregnado con violencia y promueve la violencia. A los niños musulmanes alrededor del mundo se les enseña del modo en que me enseñaron a mí: con violencia para que perpetúen la violencia, para que deseen la violencia contra el infiel, el judío y el satán estadounidense.”

Por su posición Hirsi Ali fue y es duramente condenada. Su fama, potencializada con su llegada a Estados Unidos, justamente se desentona con el discurso que llama a la tolerancia religiosa. En efecto, el problema del planteo de Hirsi Ali es que no atacaba exclusivamente a los “salafistas”, a los “integristas”, a los “islamistas” o a los “fundamentalistas”. Una lectura por sus escritos denotaba, para sus detractores, que esta poliglota esbelta, negra y bella, despreciaba a todos los musulmanes por igual. Siendo además que su universo referencial parte de sus propias vivencias con sus seres más cercanos, siempre aparece alguien para echarle en cara que lo que es disfuncional no es el Islam, sino más bien su propia familia. Por descontado, declaraciones como que “es necesario derrotar al Islam” y que “el Islam es el nuevo fascismo” no ayudan a limpiar su imagen. Por si fuera poco, desde su posición de atea, Hirsi Ali llamaba a las agrupaciones cristianas a evangelizar a los musulmanes, justificándose en que “si queremos evitar la confrontación militar, entremos en el negocio de convertir”.

Para sus críticos, Hirsi Ali se convirtió (extrañamente dados sus orígenes) en una encarnación del siglo XXI del orientalista del siglo XIX. Aparte de que no escatimaba peyorativo para describir al Islam, proponía, a la usanza de los colonizadores europeos, convertir a los musulmanes al cristianismo. Este esfuerzo no era entendido como un mandato religioso, sino como una solución pragmática al descarrilamiento de los musulmanes practicantes, para así —esperablemente— modernizarlos, si no directamente occidentalizarlos, imbuyendo en sus creencias una afinidad cultural con Occidente. Aquí es donde la etiqueta de islamófoba le quedaría mejor.

 

La reforma del Islam

En su reciente libro Heretic: Why Islam Needs a Reformation Now (aún no traducido al español, pero que literalmente se leería Hereje, por qué el Islam necesita una reforma ahora), si antes había hecho un giro de 360 grados al convertirse en una “fundamentalista de la Ilustración”, ahora Hirsi Ali retrocede 180 grados hacia una posición marcadamente más moderada. Sin perder el vigor de su crítica original, su último libro —bestseller en Estados Unidos— muestra a una mujer más madura, reflexiva y, ciertamente, más realista. La exmusulmana asienta que el Islam es una religión fatalista e, ilustrando el caso con multiplicidad de incidentes, la describe en los términos retrógrados de sus escritos anteriores. Sin embargo, a su premisa original le añade un corolario substancial: el reconocimiento de que el Islam puede cambiar si se reforma; que tiene el potencial de compatibilizarse con la sociedad moderna en tanto abandone la interpretación literal de sus fuentes y deje de legitimar prácticas triviales de la Arabia del siglo VII. En otras palabras, para la autora ya no hace falta dejar el Islam para emprender el rumbo hacia una cosmovisión liberal y verídicamente pluralista.

En la actualidad se desempeña como docente en Harvard y, aún bajo protección policial, la autora reconoce de antemano que no es una experta o una teóloga en religión, más repite que busca inspirar el debate y alentar a los musulmanes a la introspección. Además, establece elocuentemente que no pedirá perdón por ello, porque “la libertad de expresión es más sagrada que cualquier religión”. Hirsi Ali deja en claro que asumió el rol de hereje y de apóstata que le atribuyen los extremistas que piden a gritos su cabeza y, pese a que lamenta el estado de miedo perpetuo en el que vive, se muestra orgullosa de su actitud. Este es el punto principal y en mi opinión el más valeroso del libro. Heretic es un llamado directo al pensamiento crítico y a la indagación intelectual. Insta a luchar incondicionalmente, en el campo de las ideas contra los extremistas, los doctrinarios y los enemigos de la libertad de expresión.

Publicado a finales de marzo de 2015, en comparación con los demás, el último libro deja margen a un tono positivo. Hirsi Ali se reconoce optimista y afirma que “los musulmanes comunes y corrientes están listos para cambiar”. Según constata la polemista, la Primavera Árabe le demostró que estaba equivocada cuando alegaba que el Islam no tenía remedio. Con el trascurso de las circunstancias, la autora dice haberse percatado que con la suficiente movilización el Islam puede cambiar, pero al igual que las revueltas de las calles árabes sostiene que la magnitud de la transformación depende de los musulmanes mismos y del esfuerzo que pongan, en última instancia, por separar a la religión del rol avasallantemente político del que goza en muchas partes del mundo. No obstante, Hirsi Ali no permuta su clasificación del mal. No hay distinción entre musulmán e islamista —el musulmán conducido por una ideología política—. En la medida que Hirsi Ali quiere persuadir que hay algo terriblemente malo pasando dentro del mundo islámico, la preocupación de fondo nunca dejo de ser la misma. La diferencia, ahora, es que la autora encontró argumentos más refinados para hacer sus puntos claros.

Hirsi Ali separa a los musulmanes en tres categorías genéricas abarcadoras. En primer lugar estarían los musulmanes de La Meca, el grupo predominante, compuesto por aquellos que limitan sus esfuerzos a la observancia religiosa y que, por lo pronto, son más proclives a desasociarse con la política y que además no practican la violencia. Se basan en el comportamiento de Mahoma cuando este daba inicio a su carrera profética y su credo era una minoría. Su discurso en esa instancia era conciliador y se enfoca en los ritos, no en la guerra.

En segundo lugar se ubican los musulmanes de Medina, los llamados fundamentalistas. Estos se basan en el comportamiento de Mahoma cuando este fue obligado a escapar de la Mecha hacia Medina (la Hégira del año 622). Estos concentran sus esfuerzos en librar una guerra religiosa llamando a judíos y a cristianos cerdos y monos. Estos buscan impartir la ley islámica —la sharia— por la fuerza, y piden la cabeza de todos los musulmanes que no se ajusten al nivel dogmático de su interpretación literal de las fuentes. A los ojos de Hirsi Ali estas convicciones los hacen insalvables, porque jamás tolerarían ninguna reforma. Incluso si no cometen la violencia, están dispuestos a legitimarla.

Archivo

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La esperanza de Hirsi Ali está puesta en los musulmanes de La Meca, quienes vienen enfrentándose desde hace 2 siglos a una disyuntiva elemental sobre su identidad y quienes todavía discuten el papel que tienen las innovaciones económicas, materiales y culturales que vienen impactando al mundo y resultan corrosivas para las sociedades tradicionales. A esta mayoría la autora quiere convertir ahora, no en cristianos y no en ateos, pero sí en disidentes como ella. Los quiere llevar a la tercera categoría, aquella de los herejes que están comprometidos con la discusión sobre el futuro del Islam y que cuestionan los preceptos incuestionables de la religión. Se trata de aquellos valientes que se animan a dar un paso al frente, poniendo en riesgo su reputación y su seguridad.

Ante esto, considero que es irresponsable no darle crédito a la Hirsi Ali. Cuando afirma que “paradójicamente el Islam es la religión más descentraliza y, no obstante, la más rígida del mundo”, tiene razón. Cuando argumenta que en el mundo existe una “cristofobia” muchísimo más mortífera que la mucho más publicitada “islamofobia”, también tiene razón. Y está en lo cierto cuando asegura que el Islam nunca sufrió una verídica reforma teológica, pero que sus cismas representan, en cambio, disputas por la sucesión política de los fieles. Hirsi Ali sabe de lo que habla y está versada en la intolerancia que se emana de la jurisprudencia islámica tradicional. Desde la generalidad, sin duda, tiene razón en que el Islam necesita una reforma urgente.

Al investigar sobre los orígenes del islamismo concluí que, al igual que Hirsi Ali en su etapa de mayor madurez, la raíz de la violencia islámica se sustrae a la ausencia histórica de una reforma religiosa, encaminada hacia el pensamiento crítico y a la interpretación personal de las fuentes. Hirsi Ali sostiene que el Islam necesita su propio Martin Lutero, su propia reforma protestante. Curiosamente no se trata de una observación novedosa. Algunos de los exponentes más ilustrados de un Islam liberalizado llamaban a la emulación del luteranismo en la escena musulmana. En sintonía con su entusiasmo por la Primavera Árabe, la autora sostiene que la comunicación electrónica —Internet, Facebook, Twitter— es para los herejes de hoy (los reformistas) lo que la imprenta era para los herejes de ayer (los protestantes).

Con Heretic, Hirsi Ali presenta cinco tesis para modificar el Islam y lograr así “cambiar la casa radicalmente desde dentro y equiparla con las últimas comodidades”. Para esto es sugiere que es necesario 1) asegurar que Mahoma y el Corán estén abiertos a interpretación y a crítica; 2) dar prioridad a esta vida, y no a la vida después de la muerte; 3) encadenar la sharia, poner coto a su supremacía por sobre la ley secular; 4) terminar la práctica islámica de dictaminar lo virtuoso y prohibir lo vicioso; y 5) abandonar el llamado a la yihad, la guerra santa.

Como en su momento hicieran el cristianismo y el judaísmo, el argumento de Hirsi Ali se resume en que los pensadores islámicos deben instar a una reforma religiosa comprensiva. Esta debe ser confeccionada mediante el ejemplo europeo, en el sentido que los cristianos ya no queman en la hoguera a los librepensadores o que ya no emprenden cruzadas en nombre del Señor. Por ello, dice la escritora y panelista, ahora son los musulmanes quienes deben desarrollar jurisprudencia que legalice oficialmente el disenso y que tome la innovación (b’ida) y la interpretación racional (ijtihad) de las fuentes como ritos de la fe.

A través de su historia y de sus escritos, Ayaan Hirsi Ali presenta enérgicamente el caso para empoderar a los blasfemos, a los valientes que frecuentemente arriesgan sus propias vidas para reformar el Islam. Si bien puede incurrir en excesos y simplificaciones argumentativas, en perspectiva sus premisas son correctas. El Islam necesita una reforma pero, si bien no hay consenso en cómo llevar a cabo la misma o quien es más capacitado o representativo para conducir esta tarea, en definitiva, como concluye la autora, ¿qué es lo que importa más? ¿Qué alguien se ofenda o que prime la libertad de expresión y que nadie mate a nadie por expresar su opinión? En tanto existan intelectuales, académicos, humoristas o dibujantes que deban esconderse y buscar la protección policial para no ser brutalmente asesinados por radicales religiosos, el mensaje de Hirsi Ali seguirá siendo apasionante, válido y penetrante.

FEDERICO GAON es internacionalista por la Universidad de Palermo y especialista en temas sobre el Medio Oriente. Se desempeña como columnista en diversos medios internacionales y administra su propio blog www.federicogaon.com. Sígalo en Twitter en @FedGaon.

 

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